Lunes, 03 de julio de 2006
Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto,
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
En todos los segundos, en todas las visiones.
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
(Silvio Rodríguez)
Era ese tipo de mujer que uno siempre creyó inexistente. De las que sólo sacan para exhibir en revistas y programas de televisión. Siempre había creído que eran mujeres hinchables, de goma, de mentiras, de quita y pon para un decorado. Pero aquel dieciocho de marzo, celebrando el santo de mi amigo José, pude comprobar que no era así. Cuando entró por la puerta, apenas podíamos creerlo. Silvia no habría podido traer mejor regalo.
La trajo a ella, Blanca, como la luz que irradiaba. Al verla, me di cuenta de lo erróneo de mi teoría. "Es tonta", me dije, "Seguro que es tonta". Pero, llevado por mis naturales inclinaciones masculinas, me acerqué a ella (como todos). Silvia nos la fue presentando uno por uno, era su prima, pasaba unos días en su casa. "Es tonta" me repetía, "ha de serlo", me insistí a mí mismo. Después de las típicas convenciones, la fiesta continuó, con todos atentos a ella de una u otra forma. Algunos descaradamente, otros con el rabillo del ojo para que las novias no lo notaran (que sí lo hacían).
Tenía la suerte de vivir al lado de Silvia, así que, cuando llegó la hora de irse a casa, las acompañé a ambas hasta el portal. Y en ese rato se desmoronó mi otra teoría: no era tonta. Estudiaba exactas en Madrid, leía a los clásicos y tocaba el piano. La charla hasta casa fue de lo más interesante, entre el concepto que ella tenía de las Novelas Ejemplares y la discusión sobre una de las paradojas de Zenón, según la cual nunca podríamos llegar a casa. "Ojalá", pensaba yo. Pero el tal Zenón no estaba en lo cierto, para mi desgracia. Llegamos, vaya que si llegamos. Mucho antes de lo que a mí me hubiera gustado. Nos paramos en el portal, ellas se dispusieron a entrar. Blanca, entornó esos enormes ojos pardos, sonriendo y me dijo lo mucho que le había gustado hablar conmigo. "Eres muy interesante, espero que nos veamos más". Me quedé pasmado, con la boca abierta, mirando a la puerta de la escalera ya cerrada y aún viéndola sonreír. Aquella noche no dormí y no fue por culpa del desmoronamiento de mis teorías, créanme.
Volví a verla al día siguiente, y al otro y, ya, todos mientras estuvo con Silvia. Nuestras conversaciones siempre fluían entre su intelectualidad y mi banalidad. Después de una semana yo estaba perdido, no tenía solución. Estaba loco por ella.
Me atreví a pedirle salir juntos. "¿Salimos juntos?", le espeté de repente. Abrió su mirada de par en par, sonrió con blancura casi impertinente. "¿No estamos saliendo todos los días desde que estoy aquí?, me respondió socarrona (por si le faltaba algo, sentido del humor). Me sonrojé y bajé la mirada y, por decir cualquier cosa que no pareciera estúpida y enfriar un poco la situación, se me ocurrió preguntar: "¿Crees que la matemática puede reducirse a la lógica?". Ella, me miró dulcemente, me cogió una mano, me dijo: "Verás..." y comenzó a hacerme una disertación sobre la tesis central del logicismo y la distinción de Leibniz entre las verdades de la razón y las verdades de hecho. Aún me asombro de recordar estas palabras, pero cómo podría olvidarlas. Habría recordado el nombre de las estrellas de toda la galaxia, si me las hubiera relatado antes de besarme como lo hizo cuando notó mi mirada clavada en ella, indiferente a todas sus explicaciones. "¿Eso es un sí?". "Es un vamos a ver qué pasa, como sabes: todo es relativo".
Y tan relativo...
Así estuvimos durante un mes, en el que mi cultura crecía sólo un pasito por detrás de mi pasión. Por las noches, al ir a casa, me pellizcaba para comprobar que, en efecto, no era un sueño. "¿Qué son esos moratones?", me preguntaba por la mañana. "Nada. Demostraciones empíricas", respondía yo intentando disimular. Y continuábamos paseando de la mano por los jardines del rey, donde ella gustaba de observar plantas y aves y yo disfrutaba observándola a ella. Hasta que un día me miró seria y me dijo sin más "Mañana me voy". Le clavé la mirada. "¿Mañana, tan pronto?". "Se acabó el mes de pensión en casa de mis tíos". Pegué una patada a una piedra, estaba enfadado porque no me lo hubiera dicho antes pero, ¿qué hubiera cambiado?. Ella sabía que fue mejor no decirlo, que yo no hubiera podido disfrutar, contando los días que faltaban para la marcha. Pensé en decir algo inteligente, pero nada me venía a la cabeza, tan sólo: "Me gustaría hacerte el amor". Se asombró, se separó y paseó cabizbaja unos pasos delante de mí. Yo me mordía la lengua, no creía haber sido capaz de haber dicho eso. Hubiera estampado mi cabeza contra un árbol de haber estado solo. Al rato, se dio la vuelta, volvió a sonreírme, me cogió una mano y me dijo: "Ven". Me llevó a un rincón del jardín que ni siquiera yo conocía, entre árboles y arbustos, se sentó sobre la hierba y me invitó a sentarme con ella. Me besó como no lo había hecho antes, la besé como siempre había deseado. Allí mismo nos amamos.
"¿Me llamarás?", pregunté cuando ella subía al tren. "La probabilidad de que lo haga es grande", sonrió ella. "A la mierda la teoría de probabilidades, quiero seguridad", supliqué. "Ya sabes, todo es relativo", contestó antes de cerrar la puerta del vagón. La observé mientras el tren se marchaba y ella me despedía con la mano y una sonrisa melancólica.
Como todo es relativo, pienso que sí lo hizo, que me llamó, probablemente cuando no había nadie en casa. El caso es que, después de unos meses, me enteré de que Silvia iba a una boda. Pregunté quién se casaba. "Blanca, con su novio de siempre. Ya era hora". Sus palabras, se me debieron clavar tan hondo, que ella se asustó al ver que me ponía morado y caía al suelo.
Ahora, después de tantos años, todavía se ríe Silvia de aquél sofocón que me dio, por el calor, según ella. "¡Parecería que se hubiera desmayado cuando le dije que la prima Blanca se casaba!". Y nuestros hijos, con la socarronería que deben haber sacado de cierta parte de la familia de su madre, contestan. "¡Menos mal que tu prima Blanca encontró trabajo en la universidad de Columbus y ahora la tiene bien lejos!".
"Je, je je... " respondo yo siempre a esa broma, ya tan desgastada. Y bajo la mirada y desde el suelo, una sonrisa blanquísima, echada sobre hierba verde y fresca, escondida entre arbustos, me dispara directo a los ojos.
Pablo de Aguilar González. Agosto 2005
Por: Pablo de Aguilar González | Relatos | Comentarios (8) | Referencias (0)