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Sobre "Echándole Cuento"

Decía Camilo José Cela: "En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano."

Pues eso, que si alguien disfruta con alguno de estos estos escritos, ya me sentiré premiado.

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Sábado, 08 de julio de 2006

Esperanzas difusas



- Hola, hace dos días que no te veía
- Hola, he estado enfermo, yo también te he echado de menos
- ¿Qué te ha pasado?
- Nada grave, una gripe que me ha tenido toda la semana en cama
- Menos mal, pensé que te habías echado atrás
- ¿Echarme atrás?
- ¿Ves? Ni te acuerdas de nuestra cita.
- ¡Ah, mujer! ¡Como se me iba a olvidar! Claro que me acuerdo. Es la semana que viene.
- ¿Entonces vas a venir?
- Claro. Solo una cosa: ¿Cómo sabré que eres tú?
- Es verdad, deberíamos llevar una señal. ¿Qué te parece si yo me pongo un pañuelo azul al cuello al llegar y tú te acercas?
- No me parece mal. Quedamos así
- Vale, ahora tengo que cortar, tengo la casa manga por hombro.
- Vale, nos vemos la semana que viene entonces.
- Sí, lo estoy deseando
- Y yo.
- Hasta luego. Cierro.
- Adiós.

Cuando Marta pincha sobre el botón “apagar” de su ordenador, todavía mantiene una esperanzada sonrisa en el gesto. Lleva meses esperando la ocasión de conocer a su amigo cibernético. Tantas horas de conversación, la han convencido de que ese hombre es casi perfecto. Está segura de que es hasta guapo. Se alegra del acuerdo al que llegaron para no enviarse fotografías. Ella sabe que no es una belleza al uso, pero que su personalidad lo compensa con creces. Sólo queda una semana...

Alberto cierra el ordenador y se levanta de la silla, acude a la cocina a ver si queda algo para cenar. El frigorífico tan solo enfría una botella de agua y un tomate medio podrido. Busca en el armario de las latas, tiene suerte, encuentra una de sardinillas en aceite que, junto con el trozo de pan que sobró el día anterior, le sirven para no irse a dormir con el estomago vacío. Piensa en la cita con Marta, y que está bien que por fin vaya a romper, al menos por una noche, la soledad a la que está acostumbrado. Sí, sabe que él tiene que vivir solo, no podría hacerlo de otro modo, pero, como a todos, le gusta la compañía de una mujer de vez en cuando, y no es fácil ligar. Y menos con su aspecto. Se congratula por la suerte que tuvo cuando ella admitió la idea que él le propuso de no enviar fotos y así mantener el misterio. Y es que, a pesar de vivir solo, sabe como tratar a una mujer.


La semana pasa rápido, llega el viernes de la cita, Marta y Alberto han quedado en una cafetería del centro, a las nueve de la noche. Ella se ha comprado un vestido nuevo, se maquilla con todo el arte que su rostro irregular le permite, se perfuma el cuello y, con un poco de coquetería, dedicándole una sonrisa picarona al espejo, arroja unas gotitas de perfume en el escote. Ilusionada, se dispone a salir de casa. Por fin va a conocer al hombre de sus sueños; si la cara es el espejo del alma, éste debe tener cara de ángel.

Alberto se peina el poco pelo parduzco hacia atrás, ayudado por la brillantina. Se ha afeitado minuciosamente, dándose dos pasadas por si acaso. No quiere que, llegado el momento estelar, éste se venga abajo por tener la cara rasposa. Usa la colonia que su madre le regala todas las navidades, la extiende con las palmas de las manos desde las sienes hacia atrás, después, con gesto seguro, guiña un ojo al espejo y dirigiendo la vista hacia la entrepierna del reflejo, le dice: “¡Hoy triunfas!”.

Marta llega al bar a las ocho y media. Ha planeado estar sentada en la cafetería cuando él llegue. Le gusta la idea de mirar hacia la puerta y jugar a adivinar quién será su “GalanDeNoche”. Ella no puede pensar en él con otro nombre, se ha acostumbrado al que usa en la red desde que lo conoció y, aunque sabe que se llama Alberto, no le sale de dentro nombrarle así. Escoge la mejor mesa, la que queda justo enfrente de la entrada, aunque al fondo de la cafetería, para que, quien entre, no sea a ella lo primero que vea. De esa forma, podrá ser mucho más disimulada.
Ese rincón, esa esquina, tan solitaria como cualquier otra en la ciudad, se convierte en el rincón de la esperanza, en la esquina donde, por fin, la soledad torcerá a la derecha, para convertirse en pareja, en compañía, en ilusiones compartidas. Ya sólo queda un cuarto de hora, para que dos caminos confluyan y, ambos, dejen sus solitarios recorridos y emprendan uno nuevo juntos. Sí, todo va a ser perfecto en compañía.

Alberto toma un taxi. No son la ocasión, ni el traje, ni la colonia, apropiados para viajar en metro. Decide hacer un extra, el primero de los que hará esa noche. Y no sólo piensa en cena y copas, no... El verdadero extra vendrá después, en el hotel. Casi se excita pensando en la habitación que ha reservado por la mañana. Esa noche va a ser “su noche”, no tendrá que dedicarse a “buitrear” con los amigos en los pubs donde suelen acudir. Hoy el plan está asegurado: Con una buena cena, vino, un par de copas y esas palabras que gastan en sus conversaciones cibernéticas, tendrá a “SolitariaSu” en la cama antes de la media noche.
Cuando el taxista le pide el importe, Alberto mira el reloj. Las nueve menos diez. Bien, aún tendrá unos minutos para tomar posiciones en el bar.

Marta lleva veinte minutos esperando. Se recrea en su ejercicio de observar a cada hombre que aparece. Conforme entran, los va descartando por altos, por bajos, por gordos, por feos, por demasiado guapos... Tiene el pañuelo azul sobre la mesa, aguardando al momento en que “GalanDeNoche” entre por la puerta. Será inconfundible. Cada vez que ve movimiento en la entrada, la mano se posa instintivamente sobre el pañuelo, para no demorarse demasiado en indicar que es ella quien lo está esperando, su “SolitariaSu”, su “Ex-SolitariaSu”.

Alberto entra en la cafetería. Está a mitad de su aforo, más o menos. Observa a un lado y a otro para buscar una buena posición y escoge un sitio en una curva de la barra, desde donde se divisa la cafetería hacia el fondo y deja la puerta a uno de sus costados. Mira el reloj: cinco minutos.

Marta mira la hora, sólo quedan cinco minutos. Había pensado que él llegaría antes de tiempo, que la impaciencia no le permitiría retrasarse, ni siquiera ser puntual. Pero no quiere decepcionarse todavía, en cinco minutos, todo habrá empezado.

Las nueve en punto. Alberto dirige la mirada hacia la puerta, esperando verla entrar, con su pañuelo azul a la cabeza, como una diosa que viene a devorar a su siervo. Piensa que hay que darle unos minutos, ya se sabe de la puntualidad femenina.

Las nueve y cuarto... “Se retrasa”. Marta no lo puede creer. “Quizá le haya ocurrido algo”. Siente no haber accedido a darle su número de móvil

Las nueve y veinte. Aún siendo mujer, ya es demasiado retraso. Alberto empieza a impacientarse.

Nueve y veinticinco. “¿Se habrá arrepentido?”, Marta desprende nerviosismo por todos sus poros.

Nueve y media. “O no ha venido o lo que es peor... es aquel "cardo" del fondo. No... si va a ser ella... tiene un pañuelo azul sobre la mesa”.

Nueve y media. “O se ha arrepentido o lo que es peor... es aquella cosa sebosa y calva de la esquina de la barra... Ha mirado hacia acá ya dos veces”.

“Disimula Albertito, disimula... si se da cuenta de que eres tú al que está esperando, la hemos liado. Mejor que se piense que la has plantado” Alberto mira hacia abajo, fijando la vista en los posos que el café ha dejado en la taza blanca.

Marta, vuelve a remover el té, que ya debe estar más frío que el ánimo de conocer a Alberto. Tiene el dilema ante sí: O continuar con la soledad que daba por terminada, o conformarse con ese tío de aspecto pringoso. Es cierto que no esperaba a un hombre fuera de lo común, pero es que, al final, eso es lo que ha acudido, uno fuera de lo común, repulsivamente fuera de lo común. Posa las puntas de los dedos sobre el pañuelo, parece que duda entre ponérselo o no, pero no existe tal duda, el titubeo se debe a que no quiere llamar la atención con un gesto brusco. Poco a poco, despacio, tirando del trozo de tela por un extremo, lo va introduciendo en el bolso disimuladamente.

Alberto mira de reojo. Se da cuenta de que el pañuelo ya no está sobre la mesa y ve un trozo de tela azul, asomar por una esquina del bolso que la mujer tiene al lado. Mira de nuevo la hora. Las diez menos cuarto. Está tentado de irse, pero le asusta el hecho de moverse y que ella se fije en él y lo reconozca por cualquier tontería. No le gustaría que ella le preguntara. Sería embarazoso tener que explicar por qué lleva ahí tres cuartos de hora con un café y ni siquiera se ha fijado en el pañuelo que ha tenido sobre la mesa todo el rato. No, prefiere que piense que no ha acudido. Pero, por otro lado, va a llegar un momento en el que, si sigue ahí mucho rato, quizá ella repare en que es él, que lleva todo ese tiempo esperando a que se ponga el pañuelo, o que su timidez le ha impedido romper el hielo. Quizá sea más conveniente marcharse.

Marta piensa en el mejor modo de salir de ese embrollo con algo de dignidad. Lo mejor será que él piense que ella le ha dado plantón. Pero el pobre tiene paciencia, lleva casi una hora esperando y ahí sigue. Si no fuera tan repulsivo, es cierto que sería un ángel. No sabe cuánto tiempo va a aguantar esperando, quizá lo mejor sería irse disimuladamente, sin llamar demasiado la atención. Además, ya es raro que lleve ahí sentada más de una hora y ni siquiera haya terminado el té.

Alberto ya no levanta la vista hacia el fondo de la cafetería, espera no ser reconocido. Como no queriendo ni hacer ruido, sin llamar la atención, paga el café al camarero y se da la vuelta en dirección a la salida.

Marta se pone en pie disimuladamente, la mirada clavada en el suelo, no quiere levantarla, no vaya a ser que repare en ella y le pregunte. Siempre puede mentirle, eso sí, pero quizás lo delatarían sus ojos y el rubor de la cara. Se dirige a la salida, con la vista hundida en el pavimento.

Alberto va a abrir la puerta cuando siente un empujón por detrás. Alguien ha tropezado con él. “Qué mala suerte”, piensa, seguro que el incidente ha captado su atención.
Marta siente que ha tropezado con alguien, casi no quiere levantar los ojos, seguro que él se ha dado cuenta del incidente y ahora está mirando. Con una voz apenas audible, acierta a pedir perdón al atropellado.
Alberto oye una voz de mujer que se disculpa. Sólo se atreve a aceptar las excusas con un rápido: “No es nada”.
En ese momento ambos levantan la vista, se miran, no dura más allá de dos segundos. Ella sonríe como disculpándose de nuevo, él hace lo mismo, como reiterando que no importa. Alberto abre la puerta y cede el paso, Marta mira hacia otro lado y se dispone a salir.
Una vez en la calle, Marta tuerce hacia la derecha y, poco a poco, va acelerando el paso.
Alberto, al salir, ve que Marta ha tomado la misma dirección que él tiene que tomar, decide irse hacia la izquierda, acelerando el paso poco a poco.

Casi al mismo tiempo, ambos llegan a la primera esquina y los dos tuercen para dejar la calle de la cafetería. Entonces, instintivamente, miran hacia atrás. Lo han conseguido, se han librado por fin.

Marta aminora la marcha, mira al cielo, que ya refleja las luces anaranjadas de la ciudad, y se siente libre. No está triste, ni decepcionada. Más vale sola que mal acompañada, piensa: “No estoy tan mal, hago lo que quiero y cuando quiero, y no tengo que soportar el olor a pies de un seboso a mi lado. No me hace falta más. Jamás volverá a ocurrirme algo así”.

Alberto entra en la boca de metro. Ya no merece la pena tomar otro taxi. Vuelve a casa con la esperanza de llegar a tiempo de llamar a alguno de sus colegas e irse de pubs con él. De menudo marrón se ha librado, es preferible no tener una cita a tenerla con semejante espécimen. Se jura no volver a ligar por Internet.

Han transcurrido cuatro meses. Es fin de semana de verano, sus amigas están de vacaciones o pasando unos días en la playa con las familias. La soledad vuelve a asomarse por el quicio de la puerta, entra sin llamar y se instala en la parte más cómoda del interior de Marta. Ella siente de nuevo el ahogo que le provoca, vuelve a pensar con envidia en sus amigas casadas, con familias. Decide romper la promesa que se hizo a sí misma.

- Hola, soy SoledadReincidente.
- Hola, aquí DonQuijoteDeLaNoche. ¿Te importaría hablar conmigo?
- Claro que no, Quijote

Alberto lleva cuatro meses intentándolo como lo intentan sus otros colegas, pero no consigue entablar relación con mujer alguna. Si alguna vez ha llegado a conocer a una, ha sido en charlas en grupo, junto a los demás, nunca a solas. Y cuando se ha hecho la hora de recogerse, siempre le ha tocado volver solo. Ellas escogen.
Sabe que se había prometido no volver a intentarlo así, pero lleva años sin probar mujer y hay veces que el instinto es más fuerte que la dignidad. Al menos, en el anonimato de la red, evita el primer rechazo, consigue hablar con ellas y demostrarles que él también tiene cosas que merecen la pena ser descubiertas...

- ¿De donde eres Soledad?
- De Madrid ¿Y tú?
- Mira qué cosas, yo también
- Vaya, una grata coincidencia.
- Sí, quizá podamos conocernos algún día...
- No te digo que no, pero cuando sepamos más el uno del otro.
- No me irás a pedir que te mande una fotografía...
- No, si no me la pides tú.
- Porque no tengo ninguna, sé que parece increíble, pero no guardo ninguna fotografía en el ordenador.
- Te creo, te creo. Yo tampoco lo hago....




Pablo de Aguilar González. Junio 2006




Por: Pablo de Aguilar González | Relatos | Comentarios (5) | Referencias (0)

Comentarios

Bueno, Pablo, bueno.
Saludos

Nebulos | 09-07-2006 11:51:32

Lo que yo digo, como la vida misma, la de otros, se entiende.
Besos.

Tautina | 09-07-2006 20:53:00

qué triste

Lau | 16-07-2006 14:19:08

"Ellas escogen". Esa frase resuena en mi cabeza como un mantra. Qué gran verdad, cojones.

Y el ciclo de la conquista, del flirt cibernético, que incansablemente se repite, tan previsible y absurdo, tan prefabricado y triste. Condenada naturaleza humana.

Brillante también este relato, te felicito.

Asmadeus | 28-07-2006 18:07:25

Qué bueno Pablo :).
Me parece tan real... De verdad te pones en la piel de esos dos.:)
Está claro que la vida da tantas vueltas, y tropezamos tantas veces en la misma piedra. No sé, ironía pura, ¿no?

Stuffen | 08-08-2006 02:01:56

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