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Sobre "Echándole Cuento"

Decía Camilo José Cela: "En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano."

Pues eso, que si alguien disfruta con alguno de estos estos escritos, ya me sentiré premiado.

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Lunes, 17 de julio de 2006

Giros de fortuna


Cuando el crupier encargado de la ruleta cantó: “19, Rojo, impar” casi se le podía notar cierta sonrisa en el rostro. Aquel hombre solitario y silencioso, que estuvo acudiendo durante toda la semana, por fin había conseguido ganar una vez. Siempre apostaba al mismo número, ficha a ficha. El crupier advertía cómo el montón iba descendiendo, poco a poco, a ritmo constante. Sin embargo, aquel Domingo, día diecinueve de Octubre, Carlos entró al casino con mirada decidida, se dirigió directamente la ruleta, sin reparar en ningún otro juego, sin escuchar la música machacona y mecánica de las máquinas tragaperras. Puso la vista en el mágico plato de la suerte, en esa fuente seccionada en pequeños compartimentos rojos y negros, en aquella pequeña bola de madera que daba vueltas y vueltas hasta que, caprichosa, elegía el número que le apetecía. Todo era distinto aquel Domingo: El otoño había, por fin, hecho acto de presencia, la lluvia caía fina pero pertinaz sobre el asfalto del aparcamiento, el aire era denso, húmedo, con olor a tierra mojada y la mirada de Carlos, cuando entró por la puerta, con el pelo pegado al cuero cabelludo, empapado, las gotas de lluvia pegadas a los hombros de su gabardina beige; era un mero reflejo de el cambio en el clima.
Y, sin embargo, aquel día, ese en el que decidió apostar todas sus fichas al diecinueve, la suerte dejó de ser gris y le miró a la cara por fin; el azaroso movimiento de la bola, tuvo su final en el número elegido por Carlos.
El crupier se sorprendió cuando, tras poner el montón de fichas frente al cliente, éste volvía a empujarlo entero sobre el mismo número. El empleado del casino lanzó una mirada de desaprobación. Lo había visto demasiadas veces, sabía demasiado bien en qué acababa siempre la avariciosa codicia de los jugadores. Pero él no podía hacer nada, volvió a empujar la ruleta, la cual comenzó su monótono giro y tras el “No va más”, lanzó la bolita a la órbita de la fortuna.
En pocas ocasiones había visto pasar algo así: Dos veces seguidas el mismo número “diecinueve, rojo, impar”.
Carlos recibió otro montón de fichas, multiplicado por treinta y cinco y, de nuevo, lo deslizó con decisión al número diecinueve. Sin una sonrisa, sin un gesto de nerviosismo, sin apartar la mirada del guarismo.

“Diecinueve, rojo, impar”, cantó el crupier sin apenas creerlo. Y otra vez idéntica situación: El cliente deslizó todas sus fichas sobre el mismo número sin mostrar un signo de alegría, ni nerviosismo; tan sólo miraba fijamente aquella casilla roja, sin pestañear, sin una mínima mueca; sin prestar atención al corro de gente que lo había ido rodeando y coreaba con algarabía, casi vengativa, cada una de las pequeñas humillaciones a que el casino era sometido. Y sólo cuando hubo apostado diecinueve veces fue cuando parsimoniosamente, rebañó todas y cada una de las fichas con los brazos, sin levantar la vista del tapete verde.
El jugador entró en la habitación del hotel y desparramó todos los billetes sobre la cama. Permaneció de pie, junto a ella, observándolos con gesto inexpresivo. Los rozaba con la punta de los dedos, casi sin quererlos tocar y el pensamiento fluía de neurona a neurona, sin pausa, como un embravecido río de alta montaña:
“Te lo dije, siempre me llamaste fracasado, te lo dije, te dije que algún día te demostraría que no lo soy, te lo avisé, sabes que te lo avisé, pero no, tú no podías creerme, tú tenías que seguir machacándome con tus insultos, con tus mofas, con todo lo que sabías que me hería. Te lo dije y no me hiciste caso ¿Y ahora, qué dirías ahora? Ahora no dirás nada, lo sé. No, sé que no me vas a felicitar, ni siquiera vas a sonreír, ni les dirás a los niños que soy un buen padre, ni siquiera ellos lo escucharían. No, ahora todo se ha acabado y tú ya no me vas a poder reprochar nada, nunca más”

Cuando la policía acudió a la llamada de la asistenta de limpieza del hotel, descubrió la escena de un hombre caído de bruces sobre la cama, con un agujero en la sien, un revolver en el suelo y la cara hundida en una ingente cantidad de billetes empapados en sangre, desparramados por toda la cama. Al ordenar el juez darle la vuelta al cadáver, todos reconocieron la cara del hombre que había sido puesto en busca y captura, siete días antes, como sospechoso principal de la muerte de su mujer y sus dos hijos, tras propinar diecinueve puñaladas a cada uno de ellos .


Pablo de Aguilar González. Julio 2006

Por: Pablo de Aguilar González | Relatos | Comentarios (5) | Referencias (0)

Comentarios

Muchas veces los caminos de la vida son así. ¿Qué esto que vivimos? ¿Qué es la vida? ¿No es el principio de la muerte? ¿Y no nos dicen que la muerte es el principio de otra vida? Talvez mejor, talvez peor...
Y, cuando te llega la suerte, puede que ya hayas destruido toda tu vida, aunque, ¿cual?

Veo, Pablo, que estás tomando carrerilla, que ya no es un relato de cada tiempo en tiempo.

Saludos desde la oscuridad

Nebulos | 19-07-2006 03:37:40

Que final inesperado! como enganchas!.besos.

Virginia | 20-07-2006 14:30:28

Pablo, esta página se encuentra muchas veces sin acceso.
Saludos.

Nebulos | 23-07-2006 08:59:02

Fantástico estilo, Pablo. Debo felicitarte por ello. Escribes muy bien y manejas el ritmo a la perfección. El relato cautiva al lector desde la primera línea y lo zarandea hasta el punto final. Me ha encantado. Voy a seguir leyéndote.

También te añado a mis favoritos. Te agradezco que tú lo hayas hecho. No sé si seré digno de tal honor, pero muchas gracias.

Un abrazo.

Asmadeus | 28-07-2006 13:15:23

Que tiempo más raro este de las vacaciones, voy y vengo todo el rato, y por lo que veo tú también. No te me duermas en los laureles y entre ola y ola escribenos algo, anda, porfa...

Tautina | 01-08-2006 11:52:54

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