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Sobre "Echándole Cuento"

Decía Camilo José Cela: "En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano."

Pues eso, que si alguien disfruta con alguno de estos estos escritos, ya me sentiré premiado.

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Martes, 01 de agosto de 2006

Mushin


Cuando Mushin viajaba en la patera años atrás, compartiendo su manta abrazado a una mujer negra embarazada, sólo pensaba en la ilusión que había tenido desde niño, cuando su padre, antes de morir, le llevaba a la tetería de Anwar, en Tetuán, a ver los encuentros de fútbol que se adivinaban entre la niebla del viejo televisor en blanco y negro, emitidos desde una emisora española. Ya entonces, el equipo de sus sueños era el Real Madrid, como el de su padre, como el de tantos otros en su barrio. Recordaba el brillo en los ojos de su padre, y los movimientos nerviosos durante el encuentro, que le hacían sentirse a él también inquieto. Y cuando se quedó huérfano, aún sin tener para pagarlo, Anwar, en recuerdo de su viejo amigo, le seguía sirviendo té, permitía que viera los partidos en la televisión y observaba cómo cada día se parecía más a aquel hombre con el que había crecido y que la muerte se llevó demasiado pronto, dejando a su familia en la más absoluta de las miserias.
En la adolescencia, Mushin decidió que emigraría a España. Europa, la tierra prometida, donde la abundancia era el cada día de las vidas de sus habitantes. Y sabía que se establecería en Madrid, para cumplir dos de sus anhelos de una vez: Acabar con una vida de miseria, hambre y penurias y estar cerca del equipo de los sueños de su padre y suyos propios. Y, quien sabe, si con suerte, llegar alguna vez a ver un partido dentro del grandioso estadio que tantas veces admiró en la tetería, junto a los dos hombres que más había apreciado en su vida. Prometió a Anwar que le mantendría informado y partió a conquistar una vida mejor.
Pasó frío en la travesía, un frío crudo, terriblemente húmedo, que penetraba por la manta y se instalaba, importuno, en todos los huesos del cuerpo. Ni la ropa que había podido conseguir para el viaje, ni el cuerpo de la tremulante mujer a su vera, conseguían aliviar la incómoda tiritona que ambos padecían. Pero no sintió el miedo que anidaba en las miradas del resto de emigrantes. Nunca pensó que podría sucederles algo. Tenía la mente ocupada con el recuerdo una niñez feliz junto a sus padres ya fallecidos y la ilusión de una vida mejor que esperaba en la otra costa. De manera que, casi sin darse cuenta, se vio arrojado de la pequeña embarcación en mitad de unas olas negras como la misma noche sin luna, y nadando hacia la costa desconocida, donde volvería a conocer tiempos felices.
Al llegar a tierra, entumecidos músculos y huesos por el helor del agua y el viento; extremadamente cansado a causa del frenético esfuerzo invertido en alcanzar la costa arenosa, acertó a echarse entre unos oportunos matorrales, crecidos en las dunas, que lo ocultaron de la vista de los demás, y desde donde pudo observar cómo unos policías envolvían con cobertores a su camarada de manta, y la adentraban en un furgón, junto con algunos compañeros de viaje. Podía adivinar la cara de desesperación en ellos, al ser capturados, sabiendo que muchos serían devueltos a su lugar de origen, acabando así con el sueño y el ahínco que les había embarcado en una incierta travesía, sin importarles el peligro que sus vidas pudieran correr. Casi envidiaba el abrigo que esa gente les estaba dando y las tazas humeantes que agarraban con ambas manos cuando les eran ofrecidas. Pero no desistió, continuó tragándose el frío, tiritando y castañeando los dientes, hasta que la playa volvió a quedar desierta y se sintió seguro para poder correr en una dirección cualquiera, tanto para entrar en calor, como para llegar a algún lugar seguro.
Después de aquella terrible primera noche, las cosas fueron más fáciles para Mushin. Tuvo la suerte de encontrar una población y cruzarse con algunos de sus compatriotas, que sabían muy bien por lo que acababa de pasar el muchacho. Lo acogieron con la hospitalidad de las buenas gentes de su país. Lo ayudaron a entrar en calor a base de ropa seca y té verde y compartieron lo poco que tenían con él hasta que, unos días después, estuvo listo para partir a continuar su sueño. Por fin se encontraba en España, ahora faltaba ir a Madrid.
Tardó varios meses en llegar a la capital. A base de caminatas y viajes compartidos con otros compatriotas, en furgonetas abarrotadas, que los llevaban a las fincas próximas a recoger el cultivo de la temporada a cambio de una mísera paga y algo de comida. Pero al fin lo consiguió. Gracias a los contactos que había hecho durante el viaje, supo dónde dirigirse para conseguir alojamiento en las ruinas de una vieja fábrica abandonada en las afueras. Era un sitio semiderruido, con varias naves en las que se esparcían viejos colchones mantas y bolsas por los rincones, que apestaba a orines y suciedad, con roedores de gran tamaño campando a sus anchas, y ventanas sin cristales que dejaban pasar el gélido frío de la meseta. En unos días, encontró un trabajo, en las obras de una nueva urbanización de lujo que se construía cerca. Era una suerte, sólo tardaba treinta minutos andando hasta la obra, cuando algunos de los que vivían en las viejas ruinas, se levantaban todavía de noche y andaban durante más de dos horas para llegar al trabajo y, así, ahorrase el precio del billete de autobús; o, lo que era peor: para buscar cualquier faena que les proporcionara algo de comer ese día.
Lo que Mushin hizo nada más cobrar su primera paga, fue comprar un viejo transistor a un negro que se marchaba de la fábrica a una habitación del centro, compartida con otros diez emigrantes. Fue el primer tesoro que tuvo. Nunca antes había poseído nada que no fuera lo necesario para sobrevivir y ese pequeño objeto frío, cuadrado y oscuro, le hacía sentirse como un hombre rico. Su segunda ilusión estaba más cerca. A partir de ese día, podría escuchar todos los partidos del Real Madrid por los amarillentos auriculares de aquel desgastado aparato.
No tardó en encontrar, él también, una habitación compartida en un viejo caserón del centro, apuntalado por andamios. Si algo no le faltaba era iniciativa y ganas de trabajar. Los capataces de las obras confiaban en él, no había estado parado desde que llegó, haciendo de peón, vigilante o lo que fuera necesario para poder pagar el hospedaje y la comida. No tenía a nadie a quien enviar dinero, no necesitaba mucho más. Poco a poco iba consiguiendo una vida más digna. Adquiría ropa casi nueva en centros de caridad, comía tres veces al día, y, los domingos, andaba un buen rato hasta la zona más rica de la ciudad, a las puertas del Bernabeu, con la ilusión en el rostro, y los auriculares de su transistor en los oídos, a escuchar los partidos de fútbol al lado de donde se fraguaba la batalla. Le hubiera gustado entrar alguna vez y más de una se acercó a las taquillas a informarse del precio, pero, tras rebuscar por todos los recovecos de la ropa y contar lo poco que llevaba, siempre tenía que desistir. Aunque, la suerte que le había acompañado desde aquel día que subió a la patera, le sonreiría de nuevo y un hombre de mediana edad, algo encorvado, que se tapaba el poco pelo canoso con una gorra de visera, uno de los habituales reventas que merodeaban por las inmediaciones de las taquillas en busca de negocio, y que ya conocía a Mushin de verlo por allí, domingo tras domingo, escudriñando sus bolsillos con ilusión desmedida, sin fallar a un solo partido, le regaló una de las entradas sobrantes que no había podido colocar aquella tarde. Nunca habrían sido bastantes los besos que el muchacho propinó en la mano del reventa, para agradecer lo suficiente aquel acto de generosidad; ni alcanzaba la amplitud de su gesto a mostrar una sonrisa acorde con la inmensa felicidad que sentía.
No olvidaría jamás ese año 2003, en el que pudo cumplir su sueño y el de su padre, viendo ganar al Madrid por tres goles a uno en el año en que conquistó su último campeonato de liga. Y siempre permanecerían los recuerdos de la celebración de aquella victoria, cuando, como un madrileño más, saltaba de alegría junto a miles de aficionados, al lado de la plaza de la Cibeles, coreando los mismos cantos que el resto. Ni se le borraría de la mente aquel nuevo amigo: Gustavo, español, grande, fuerte, de pelo corto, con bufanda y vestimenta del Madrid, que lo abrazaba dando alaridos de alegría e insistiendo, tercamente, en que bebiera de la botella de Dyc que llevaba en una mano al son de una "we are the champions" desafinada casi hasta el sacrilegio.
Las siguientes temporadas, Mushin no dejó de escuchar ni un solo partido en su viejo transistor, a pesar de que su equipo no volvió a dar motivos para ir a la gran plaza a festejar de nuevo. Volvió a ver a aquel reventa muchas veces y, otras tantas, lo agasajaba nada más verlo, era una gratitud sincera, no esperaba de nuevo tal acto de generosidad que, por otra parte, tampoco volvió a producirse. Y no supo nada más de aquel Gustavo junto al que celebró una de las mayores alegrías de su vida, al tiempo que recordaba y añoraba a su padre, pensando en lo que hubiera disfrutado él también allí.
Por fin llegó el encuentro que más disfrutaba cada año. Venía el eterno rival al Bernabeu. A él le gustaba escucharlo desde las puertas del sur del estadio, desde donde podía notar cómo temblaba el suelo bajo sus pies con los saltos y cánticos de ánimo de la afición. Pero, ese día, la derrota fue inapelable, los ánimos de la gente estaban caldeados y se respiraba entre ellos una mezcla de desilusión, tristeza e indignación. Mushin lió, con esmero resignado, el cordón de los auriculares sobre el transistor, lo guardó en el bolsillo de su viejo abrigo, y se dispuso a caminar, cabizbajo en dirección al barrio donde vivía.
Andaba el muchacho entre la gente que, poco a poco, era engullida por las bocas de metro; o subían, apretujados, en los autobuses que luego los repartirían por los cuatro puntos cardinales de la ciudad; cuando, a sus espaldas, oyó una voz familiar, ronca que gritaba:
- ¡Oye! ¡Mustafá!
Mushín sólo volvió la mirada por curiosidad instintiva, ni siquiera pensaba que se dirigieran a él.
- ¡Sí! ¡Es a ti, moro!
Se dio la vuelta, observó al grupo que lo llamaban despectivamente y, cuando se disponía, prudentemente, a darse la vuelta para evitar así algún posible lío, lo conoció. Reconoció a aquel amigo de aquella noche feliz en la Cibeles. El gorro con la bandera de España le tapaba el pelo corto, pero la botella de Dyc en la mano, lo hacían inconfundible. Mushin mostró una sincera sonrisa, se detuvo, con la mano extendida, esperando a que se acercara para saludarlo cuando llegaran a su altura.
- ¿De qué te ríes, moro mierda? ¡Seguro que eres "catalino"!
Eso fue lo último que pudo oír antes de que la botella se estrellara contra su cabeza y, entre patadas, a punto de perder el conocimiento consiguiera acertar a decir:
- Amigo, Gustavo, amigo.... Campeones... oee....


Ahora Mushin viaja de nuevo a su país. Esta vez la travesía es muy distinta. La hace en ferry y no pasa frío, como a la ida. No podría tener mejores vistas: Las luces que iluminan Europa, la tierra prometida, aquella de la abundancia a un lado; África, Marruecos, la cálida tierra que lo vio nacer al otro; el mar, arrojando, bravo, espuma blanca contra los costados del barco; y la luna llena en el cielo, dando cierto tono azulado a la austera caja de pino donde Mushin ya no podrá escuchar el desgastado transistor que aún guarda en el bolsillo de su viejo abrigo...



Pablo De Aguilar González. Diciembre 2005

Por: Pablo de Aguilar González | Relatos | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

Paso a robarte letras, Pablo, para que sean compañeras de viaje. Un placer dejar pasar el tiempo, así cuando llego, tengo mucho para llevarme. Un abrazo, don Pablo.


salud

chus | 03-08-2006 15:29:43

¡Un final inesperado!
Muy apropiado, que se diría, a la época del año.
Un abrazo

Nébulos | 04-08-2006 19:55:27

Gracias por la visita, amigo. Ya mi padre consiguió jubilarse y ahora me preocupa, (qué cosas,¿no?) que el no hacer mucho ni tener la exigencia laboral de antes le ahuesen y pronto me lo reblandezcan.

Antinoo | 04-08-2006 21:02:36

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