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Sobre "Echándole Cuento"

Decía Camilo José Cela: "En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano."

Pues eso, que si alguien disfruta con alguno de estos estos escritos, ya me sentiré premiado.

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Sábado, 26 de agosto de 2006

El viejo y el perro




Ayo se subió a la cama y Zacarías, al notarlo, dedujo que ya debía haber amanecido. Ya voy, Ayo, ya voy..., dijo con voz todavía profunda y soñolienta; pero el pequeño coquer, había comenzado a lamerle el rostro con insistencia, al tiempo que movía alegremente el muñón del rabo, de manera que todos sus cuartos traseros parecían bailar al compás de una música modernamente machacona. El hombre no tuvo más remedio que incorporarse y apartar al perro de encima, con cariñosa autoridad: Quita, Ayo, quita...
Zacarías todavía se permitió bostezar un par de veces antes de poner los pies en el suelo y comprobar en el reloj de la mesita que ya eran las diez de la mañana. Lentamente, se incorporó sobre las zapatillas, produciendo un leve crujido en cada una de sus rodillas, y se dirigió al baño. Ayo no cesaba de seguirlo de un lado a otro, con el eterno meneo trasero, la lengua colgando por uno de los lados del morro, emitiendo leves jadeos y quejidos impacientes, al notar que su amo se entretenía en asuntos que a él hacía rato que también le urgían.
Ya voy, Ayo, ya voy..., que no soy uno de los críos, hace tiempo que deberías saberlo. Zacarías se movía parsimoniosamente, con calma, con la pesadez de una maquinaria oxidada, se dirigió a la ventana para subir la persiana; le gustaba mirar el clima antes de empezar con los quehaceres matutinos.
Era una día gris, húmedo, un inusual día plomizo para la época del año y la región en la que vivían. Las nubes levitaban a poca altura, no se movía una pequeña brizna de viento, el ambiente era pesado como el plomo en el que se había convertido el cielo; las aceras rezumaban la negruzca humedad que el aire ya no podía aguantar en suspensión y los coches aparcados, dejaban deslizar por los cristales, mojados y sucios, churretes irregulares.
Mal día hace, Ayo, mal día... El perro intentó enderezar las enormes orejas y ladeó la cabeza, como queriendo entender bien lo que su amo quería decirle, mientras continuaba persiguiéndolo de un lado a otro de la habitación y, posteriormente, en dirección a la cocina, donde ya decidió adelantarse, con un breve ladrido y fue a hundir el morro en su vieja escudilla verde, mirando después al hombre, para indicarle, bien a las claras, que el plato estaba vacío.
Zacarías se adentró en la despensa y salió, unos segundos después, con una lata en la mano; y Ayo, ya sin poder contener la impaciencia, ladró al bote de comida, como si fuera el culpable de tanta tardanza.
Antes de que su dueño hubiera tomado asiento frente a un vaso de leche sola y fría, Ayo ya estaba quieto junto a él, sentado, con las orejas en guardia, la mirada complaciente, clavada sobre el hombre, y relamiéndose constantemente el morro, de un lado a otro, por si todavía quedaba algún rastro de carne metido entre alguno de sus infinitos pelos.
Ya voy, Ayo, ya voy... Dijo Zacarías antes de dar un sorbo a su vaso de leche, mirándolo con sonrisa cariñosa.
Una vez terminado el frugal desayuno, volvió al dormitorio a cambiarse el pijama por ropa de calle. Se desvestía y volvía a vestir con parsimonia mientras miraba, uno a uno, todos los retratos que adornaban la vieja cómoda de la habitación. Hacía tiempo que había dejado de hablar con ellos, quizá, pensaba, porque así los dejaría descansar en paz. Pero ni una sola noche, ni una sola mañana, dejaba de contemplarlos y saludarlos en silencio, hasta que Ayo, impaciente, lo sacaba de recuerdos a veces gratos y, otras veces, tan grises como la mañana que había amanecido ese día.
Ya voy, Ayo, ya voy... Dijo mientras acaba de abrocharse el viejo cinturón de piel marrón. Cogió el collar y la cadena del perro, y miró al animal con sonrisa picarona.. Éste se puso a dar saltos de alegría, al tiempo que provocaba un estruendoso jolgorio de ladridos. Quieto Ayo, quieto.. que no puedo ponerte el collar.
Una vez en la calle, Ayo tiraba con fuerza de Zacarías, en dirección al pequeño jardín arbolado donde acudían todas las mañanas. Ya voy, Ayo, ya voy... No tires tanto, que yo no soy uno de los críos.. Ya deberías saberlo. El perro jadeaba, con el cuello presionado por el collar, cuando, por fin, llegaron al pequeño parque. Allí relajó la marcha y se dedicó a olisquear, árbol por árbol, las marcas aromáticas que otros congéneres habían dejado en ellos antes de que él llegara y, posteriormente, depositaba las suyas propias. Las hojas de los enormes plátanos de sombra habían empezado a alfombrar el suelo y, ese día, permanecían quietas, sin una brisa que las moviera, unidas, unas a otras, a causa de la pegajosa humedad. Las calles aledañas eran un incesante ir y venir de coches, la gente andaba a prisa por las aceras, mientras hablaban por el teléfono móvil, sin reparar en otra cosa. Sólo ellos y una joven, con una perra pequinesa, parecían disfrutar, inmersos en un oasis en mitad del asfalto y el hormigón de la ciudad.
No, Ayo, no... Que ni tú ni yo estamos ya para esos trotes..., no tires...
Pero Ayo había olido a la perrita desde hacía tiempo, quizá desde dentro de la casa, y su instinto ya no podía centrarse en otra cosa. No tires, Ayo, no tires...
Zacarías observaba a la joven con mirada nostálgica y la sonrisa dibujada en el rostro. ¿Tú los recuerdas, Ayo? Y, entonces, se le agrió el gesto y miró a las nubes de nuevo, plomizas, opacas, amenazantes. Vámonos ya, Ayo, vámonos... Pero el perro tiraba en dirección contraria, sin dejar de mirar a la pequeña pequinesa, que ya se alejaba por el otro lado de la calle. No tires, Ayo, no tires... Que no puedo contigo. Ayo tiraba, gemía, jadeaba, movía la cabeza para ver a la perrilla entre los coches que no dejaban de pasar. No tires, Ayo, no... Y, al fin, pudo liberar la cadena de la mano de su dueño y correr en la dirección que le marcaba el instinto.
Cuando Zacarías se volvió, sólo alcanzó a oír un frenazo y un agudo quejido. Un frenazo similar a aquel otro, años atrás. Intentó correr hacia la calzada.
¡Ya voy, Ayo, ya voy...! Eres un superviviente ¿Recuerdas? Espera, Ayo, espera...

Era un día gris, húmedo, plomizo; un día sin viento, con un ambiente pesado como el plomo, aquel día que, tras el frenazo, Ayo lo despertó a lametazos, antes de que llegara la ambulancia, antes de alcanzar a ver cómo había quedado su familia entre lo restos destrozados del coche.

¡Ya voy, Ayo, ya voy...! Me toca despertarte ¡Ya voy, Ayo, ya voy...!




Pablo de Aguilar González. Julio 2006

Por: Pablo de Aguilar González | Relatos | Comentarios (11) | Referencias (0)

Comentarios

Un final, como muchos de los tuyos, con gran contenido.
Mira esto "Zacarías se adentró en la despensa y salió, unos segundo después," ese segundo será SEGUNDOS.
Saludos desde el abismo.

Nébulos | 27-08-2006 22:10:37

Me alegro de leerte después de un tiempo y ver que sigue mereciendo la pena hacerlo. De verdad. Saludos

Simalme | 29-08-2006 13:13:41

¡¡¡Qué penaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!
Ayo noooooo. Era lo único que le quedaba al pobre hombreeeeeee... (Serás malo, escritor matón...) :)
Muy bueno, Pablo. Con tu giro final bastante en tu línea.
Los movimientos del perro es que son calcados. Me he visto reflejada junto a mi perro.
Besos.

Stuffen | 29-08-2006 15:43:51

Hola coleguita!! :) reaparezco en el bloguear diario, y que re linda esta tu nueva casita ehh, ya me pasaré mas seguido a ponerme al día :)

besitos mojaos

Bohemian | 30-08-2006 17:56:59

Intenso final, que por alguna razón me lo veía venir... Me gusta cómo describes la íntima relación entre un hombre y su mascota, da un sutil toque de realidad.
Me gustó, a pesar de su triste final. :)

Laura Quijano | 01-09-2006 20:07:08

Me ha gustado dos veces, la primera por lo escrito, y la segunda por haber recordado gracias a ello 'Un día sí, cuarenta no', de Sabina.

Gracias por ambas cosas.

Betote | 02-09-2006 19:19:01

q tristeeee!!!
besis pa!

Virginia | 03-09-2006 23:06:49

Sin comentarios. Te dejo un punto y un snif, pa que sepas que te leo.
Besos.

Tautina | 04-09-2006 12:19:57

Este ya lo conocía, y por alguna extraña razón me sigue gustando :p

Un abrazo.

Diego | 10-09-2006 23:09:42

Me ha gustado mucho el texto. Fuiste capaz de construir una historia en la que el lector se va adentrando gradualmente hasta que es expulsado con violencia. Habría que hacer una depuración: hay repeticiones y acotaciones que sobran; nada que un buen editor no pueda resolver en su momento. Saludos.

Armando | 16-09-2006 19:40:28

Qué gusto volver a leerte después de tanto tiempo! Me encantó la narrativa, o más bien, la descriptiva, me gusta mucho tu relato pausado pero conciso, que permite ver y sentir lo que está sucediendo en detalle, como por una cámara en la mente.
El final lo tuve que pensar un poco, no acababa de comprenderlo, pero al fin lo hice. (Espero que al menos Ayo se despierte!) :(
Yo le cambiaría "tras oír el frenazo" por "tras el frenazo" en la última parte, porque más que oírlo, tanto Zacarías y su familia como Ayo lo vivieron, lo sintieron. (Ya verás que renuncié al trillado "qué lindo, besos") ;)
Así que... ¡qué lindo!
Besos! ;)

NOFRET | 01-10-2006 11:47:34

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