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Sobre "Echándole Cuento"

Decía Camilo José Cela: "En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano."

Pues eso, que si alguien disfruta con alguno de estos estos escritos, ya me sentiré premiado.

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Domingo, 15 de octubre de 2006

Amistad eterna



Conocí a Diego Vivar cuando aún éramos unos críos. Todavía recuerdo el día en que apareció en el colegio, con su cachaza y paso lento. Justo a mi lado había un pupitre vacío, que el maestro le asignó al momento. Él, después de dejar la cartera junto a la silla, y dejarse caer sobre ésta como si se desplomara, me miró y saludó con un leve meneo de cabeza, sin articular palabra alguna.
Los pupitres, las horas de clases aburridas, los exámenes, copiar en éstos y las burlas a los profesores cuando dan la espalda, fomentan, diría que de manera definitiva, las amistades eternas. Eso es lo que ocurrió con Diego y conmigo. A pesar de que ya en los años de instituto y, posteriormente, en la facultad, siempre era yo el que tomaba los apuntes que, luego, mi amigo, me pedía para – según él – pasar a limpio y que, por uno u otro motivo – excusa nunca faltaba -, simplemente acababan fotocopiados dentro de su carpeta.
Diego fue el único chiquillo, que yo conocí, que solía ponerse de portero, por voluntad propia, en los partidos del patio; llegué a pensar que era porque, por tal motivo, los demás lo elegían el primero para su equipo y, así, solucionaban el eterno problema infantil acerca de quién ocuparía el puesto. Aunque me di cuenta, años después, que él ni siquiera había reparado en tal hecho.
No era un muchacho apartado, ni de los que son objeto de las crueles mofas infantiles; todo lo contrario, caía bien. Y su disponibilidad para quedarse fuera del partido, si sobraba algún jugador, era alabada por todos los compañeros de clase.
Pero no es objeto de la historia que les estoy contando, describir la poco azarosa juventud de mi viejo amigo. Eso no tendría mayor interés. Lo realmente importante son los hechos que les relataré a continuación y que quizá no serían comprensibles sin la breve y tosca introducción que acabo de relatarles.
Como les he comentado, hemos tenido una larga amistad, que ha sido, además, bien abonada por el hecho de haber cursado todos nuestros estudios a la par, desde la fecha en que nos vimos por primera vez. Tal fue así, que hasta encontramos trabajo en la misma empresa, gracias a que los currículos que cumplimenté, y envié por ambos, fueron muy bien recibidos por nuestro Director de Recursos Humanos. Los dos salíamos a desayunar juntos, y juntos pasábamos por la administración de loterías, todas las semanas, a tentar la suerte con ilusión; hasta que un día, por un incomprensible ataque de estúpida dignidad, decidí no gastar más dinero en hacer ricos a los demás y dejé de jugar. Esto produjo cierto conflicto en Diego, porque siempre era yo el que se encargaba de rellenar los boletos pero, cuando descubrió que la máquina podía hacerlo sola, tuvo la determinación – no sin sorpresa por mi parte – de seguir jugando.
Imaginen cómo me sentí el día que Diego apareció en mi despacho y, después de preguntarle, sorprendido, por qué no había utilizado el teléfono; me dijo que acababan de tocarle los treinta millones de euros del Bote de la Primitiva. También pueden hacerse una idea, si lo desean, de lo forzado de mi sonrisa, y del conflicto que en mi interior mantenían mi sincero afecto por Diego y la mil veces maldita dignidad.
A la semana siguiente, lo despedí en la puerta de su casa, mientras esperábamos el taxi que tendría que llevarle al aeropuerto, camino de no sé qué isla caribeña en donde pensaba pasarse el día tumbado bajo una palmera y bebiendo ron con Coca Cola. Después de un fuerte abrazo, esperé a que el taxi - por cuya ventanilla trasera asomaba la mano de mi amigo – desapareciera al torcer la esquina y, sin poder aguantar más la ansiedad, corrí al flamante BMW que, en nombre de una larga amistad y, sobre todo, de una dignidad loable, me había regalado el nuevo millonario.
Recibía postales de Diego a menudo, escritas cada una de ellas con letra distinta y nunca la suya. Por ellas supe que estuvo viajando por medio mundo y en todas decía lo mismo: “Este sitio es maravilloso, ¡No pego un palo al agua!”.
Nunca entendí por qué, alguien a quien le gusta moverse tan poco, cambiaba tanto de lugar.
Pasarían algo así como siete u ocho meses hasta que volví a verle. Había comprado un chalet en una urbanización de lujo, fuera de la ciudad, y requirió mi presencia a través de un chofer que apareció sin avisar en la puerta de mi casa. Accedí a subir al enorme coche gustoso, con la alegría natural de ver de nuevo a mi viejo amigo. El chalet era impresionante: Un gran portón de hierro fundido por el que se podía atravesar un inmenso muro de más de dos metros de alto, el jardín, impecablemente cuidado, y la entrada de la casa, con un porche grandioso que era el preludio del majestuoso hall.
El chofer, mayordomo o lo que quiera que fuese aquel criado, me acompañó a través de algunas salas enormes hasta otra más pequeña en la que, nada más entrar, se distinguía, al frente, una enorme pantalla de televisión empotrada en la pared y, a medio camino, un magnifico sofá. Cuando el sirviente anunció mi presencia, pude volver a ver el orondo gesto sonriente de Diego que, asomando por encima del respaldo, me invitaba a tomar asiento en uno de los sillones que lo escoltaban.
Imaginen cuál sería mi sorpresa cuando, al reprocharle, en broma, la vida que se estaba dando, él se puso serio y me dijo con gesto amargado: “Esto no es vida, amigo”. Comenzó a relatarme todas las correrías que había vivido, por casi medio mundo, desde el día que partió; cómo la gente le acosaba para beneficiarse de su dinero y él, por no tener que cansarse en inventar excusas, atendía las peticiones; lo cual llevaba a que éstas se multiplicaran exponencialmente cuando se corría la voz, hasta que la situación se hacía insoportable y debía cambiar de lugar; cómo, también, era invitado a multitud de recepciones inútiles a las que tenía que acudir impecablemente vestido; cómo había tenido que contratar a un eficiente secretario para controlar su agenda; y cómo tuvo que despedirlo cuando éste llegó a hacerle la vida imposible, obligándole a atender a todos sus compromisos. Cómo, en fin, su vida se había complicado de tal manera, que llegaba a maldecir el día en que, quizá por primera vez, no siguió la decisión que yo había tomado y jugó a la lotería él solo.
Sí, es verdad que esto llegó a producir en mí un cierto mal humor. Era, probablemente, la primera vez que me sentía enfadado con Diego, y le argumenté que todos envidiábamos su suerte, que muchos daríamos un brazo por estar en su lugar, y que no podía ser tan ruin como para llamarme y restregarme en las narices su envidiable “mala fortuna”.
Fue en ese momento, y no en otro, cuando Diego me propuso cambiar nuestros destinos. Insistía en que él sería más feliz con una vida sencilla, sin tanto lujo, sin recepciones, sin gorrones. Sólo quería recuperar sus hábitos tranquilos, aunque con un leve cambio: No volvería a trabajar. Y, fue entonces, repito, cuando se echó mano a la cartera y extrajo de ella un cheque por una cantidad levemente inferior a la del premio que obtuvo unos meses antes.
Les aseguro – y no acierto a comprender la incredulidad mostrada por todos ustedes -, que así fue como ocurrió todo, que el hecho de que el pobre Diego muriera poco antes de que yo partiera hacia este destino exótico, desde el que les escribo, el cual no revelaré por razones que sólo a mí atañen, fue, aunque luctuoso, totalmente fortuito. Yo tampoco entiendo cómo pudo dispararse el cargador del revolver entero; incluso me extraña que, pudiendo arreglarlo con una sola bala, las utilizara todas; pero de ahí a responsabilizarme de un crimen tan atroz, de una muerte que produjo la más honda tristeza que mi alma había sentido jamás... no dejan de ser viles calumnias. De lo único que se me puede acusar, es de haber sido fiel a una larga amistad, de ayudar tal y como había hecho siempre, desde niños; y de cumplir con la voluntad de un viejo amigo, la cual, a la postre, y por azares de la caprichosa fortuna, fue la última que tuvo.




Pablo de Aguilar González. Julio 2006

Por: Pablo de Aguilar González | Relatos | Comentarios (10) | Referencias (0)

Comentarios

Sí señor, esa es una prueba de verdadera amistad. Con amigos así... daría gusto!!
Un besoteee

Lau | 17-10-2006 16:50:08

Sí señor, esa es una prueba de verdadera amistad. Con amigos así... daría gusto!!
Un besoteee

Lau | 17-10-2006 16:53:24

Sí señor, esa es una prueba de verdadera amistad. Con amigos así... daría gusto!!
Un besoteee

Lau | 17-10-2006 16:53:26

Qué buen relato. Además te deja sin saber qué pensar, jajaja. Por lo que no puedo hacer ninguna reflexión al respecto. Quizás yo lo hubiera alargado un poco, pero, ¿para qué? Así está muy bien.

Danos pronto de comer, amigo. Me encanta leer tus historias.

David | 21-10-2006 12:02:32

jeje, que final pa! besines y sigue así de original.

vir | 24-10-2006 18:19:12

Una historia para una película. Ha sido todo un placer visitarte. Te seguiré leyendo.

En cuanto a Pablo..., yo opino que el dinero no cambia tanto a las personas, son las personas que cambian cuando tienen dinero.

Y como comentario diré que yo siempre he dicho que si me toca la lotería intentaría que no se enterara casi nadie. Me gustaria vivir tranquilo, me haría la mayor biblioteca del mundo y viajaría todo lo que quisiera. También escribiría claro, como lo hago ahora.

Nocheoscura | 26-10-2006 09:04:02

Ummm este tal Vivar me recuerda a un Pérez que conocí en cierta ocasión...

Muy bueno, Pablo.

Un abrazo.

Diego | 29-10-2006 11:15:05

Dicen que sólo aprecian a los amigos los mejores amigos. Saludos, y un placer.

Simalme | 03-11-2006 20:49:58

Me gustó mucho la forma del relato, cómo nos vas llvando paso a paso a través de la historia. Pero se me hizo difícil comprender por qué tener mucho dinero hizo tan infeliz a Diego, al punto de querer morir, aún cuando podía deshacerse del dinero y volver a su vida anterior. Temo que no capté bien el final (entendí que el amigo lo mató por ser su última voluntad) aunque no puedo dejar de disfrutar tu capacidad para compenetrarnos en tus relatos.
Besos!

NOFRET | 06-11-2006 09:39:43

Eres smplemente genial. Inclino mi cabeza, maestro. Besos a todos

white | 18-11-2006 09:37:53

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