Decía Camilo José Cela: "En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano."
Pues eso, que si alguien disfruta con alguno de estos estos escritos, ya me sentiré premiado.
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Domingo, 21 de enero de 2007
Cuando por fin puso el pie en el andén, Bartolomé Naso, percibió el olor a grasa y metal que la pequeña estación del pueblo siempre había desprendido. Era el aroma de días sin clase y gamberradas, de poner la perra gorda sobre la vía a las 5:40, la hora del expreso de las cinco, para que éste la dejara aplastada y lisa, y presumir de la hazaña ante los amigos en la plaza, al utilizarla en la cuerda de la peonza - o guita del zompo, como se decía en el pueblo- . Tentado estuvo de ir al otro lado de la estación y dejar una moneda de cincuenta céntimos de euro sobre la vía - como cuando era pequeño, aunque con un valor unas ochocientas veces superior -, pero no estaban las piernas ya como para andar por el difícil empedrado anexo a las vías y prefirió desistir de la empresa. Decidió pasar a lo que era el vestíbulo de la estación, que había sido reformado y modernizado recientemente. Todo era muy pulcro y funcional, con cristales irrompibles y paneles de información. Nada que ver con aquel recinto de su juventud, en el que Remigio permanecía eternamente sentado detrás de su ventanilla, con la colilla de caliqueño en los labios y la mala uva entre la gorra y el entrecejo. Estaba perdido en esa estación que, aunque estuviera en el mismo sitio, no era la misma de antes.
Entonces, Bartolomé, notó otra fragancia muy distinta a la de la vía, pero no menos familiar. Olía a la tía Aurora. Su tía siempre había fabricado su propio jabón en grandes jubones con aceite, sosa y una esencia que nunca quiso revelar, pero que lo hacían único en el pueblo y alrededores. Tuvo mucho éxito la tía Aurora con la elaboración de su producto hasta que Marcelo abrió la droguería y empezó a traer todos esos cosméticos perfumados que se fabricaban en la capital. Se extrañó de que ese aroma todavía rondara por ahí, lo creía extinguido, pero era inconfundible. Miró a la zagala de la que provenía. Una joven de las de ahora, con un pendiente en el labio inferior y un peinado de esos que, en realidad, eran sólo pelo revuelto, sin orden ni concierto. Pero el olor a jabón de la tía Aurora lo compensaba. Ese era olor a fresco, a ropa limpia, a manos y cara recién lavadas - que no se hacía distinción entonces con los jabones -, a zafa y trapos en remojo, a juventud en definitiva. Se acercó a ella y le preguntó:
- ¿Eres nieta de la Aurora?
La muchacha miró al viejo que le hablaba, alto a pesar de la edad, aunque con un cuerpo ya cansado de sujetar los hombros, como queriéndose desprender de ellos, dejándolos caer al suelo.
- Sí, la madre de mi madre se llama Aurora.
El hombre sonrió con la sonrisa plácida del triunfo, su viejo olfato era lo único que todavía permanecía joven en él.
- Por lo que puedo llegar a oler, sigue fabricando jabón.
La muchacha se sorprendió aún más.
- Sí, lo hace mi madre, que le enseñó su abuela, que también se llamaba Aurora. ¿Cómo lo sabe usted?.
Bartolomé echó cuentas, claro que no podía ser nieta de la tía Aurora, sino biznieta.
- Por el olor, hija, por el olor... - El viejo sonrió maliciosamente y probó suerte: - ¿Me cuentas cómo consigue tu madre ese aroma tan fresco?.
- Pues no lo sé, señor. Ella no lo cuenta a nadie. ¿Conoce usted a mi abuela?
- Sí, hija sí.. y a tu bisabuela, la inventora de ese jabón, que siempre dijo que se llevaría el secreto a la tumba. Veo que, por suerte, no fue así.
Ambos se despidieron al fin con amabilidad. La chica prometió que contaría de su encuentro a su madre y el hombre, despacio, con el cansancio de un cuerpo ya demasiado usado, salió de la estación.
Su casa, la casa donde había crecido, olía a humedad y a cerrado, a años de soledad, a ruina y abandono. Nada que ver con los aromas que solía desprender cuando aquel sitio rebosaba gente y sonidos por todas sus puertas y ventanas. Cuando se percibían olores de humo de hogar, de fiambres colgados en la cámara, de cebolla y morcillas; de sofritos, pan y queso de cabra; de gallinas, de gansos, de conejeras, de cerdos y de cuadras. Eran los tiempos en los que todos vivían y trabajaban a una. Se encargaban de las tierras, de los animales y de lo que hubiera que encargarse. Tiempos de mucho trabajo, pocos adelantos y bastante alegría. Alegría de juventud, pensaba en ese momento Bartolomé; porque no recordaba al abuelo alegre, sino todo lo contrario. Ahora se daba cuenta de que el peso de la casa, velar por toda aquella gente, coordinar todo ese trabajo, era una carga tan pesada que le aplastaba las sonrisas y los buenos humores. Pero eso lo sabía cuando su cuerpo estaba tan cansado como el de su abuelo entonces. Para él, aquel viejo, era simplemente serio, nunca se le ocurrió que podrían estar faltándole las fuerzas, algo distante, pero siempre correcto. Pocas veces lo abrazaba, pero cuando lo hacía, lo apretaba contra su pecho y Bartolomé olía el humo de infinitas lumbres incrustado en la zamarra del abuelo, notaba la aspereza de las manos y su olor al almuerzo preferido: el pan y chorizo, el vino de la última cosecha, el tabaco de liar y el café de achicoria. Percibía el sudor del trabajo, el olor a romero, a tomillo y a cabra del pastoreo; a humo de cigarro y vino de taberna. A pueblo y a vida, en fin.
- ¿Tío Bartolo? - Oyó a su espalda. Se volvió extrañado. Nadie sabía que había vuelto y no esperaba ver a nadie en aquella casa. Vio a una mujer en la entrada. No la reconocía.
- Soy Virtudes, nieta de la Aurora. Mi hija me ha contado de su encuentro esta mañana y mi madre ha dicho: "Ese olfato no puede ser más que el del tío Bartolo. Se habló durante años en el pueblo de él". Y dice que ustedes son medio parientes o algo así. Sólo he venido a ver si puedo echarle una mano, no puede quedarse aquí, está todo muy abandonado. Véngase a casa, aunque sea esta noche, y mañana ya veremos.
- Te lo agradezco, hija. Pero he venido a quedarme. Me basta con un sitio donde echarme.
Después de varias invitaciones insistentes y otras tantas declinaciones, Virtudes le ayudó a adecentar un cuarto para esa noche.
- Mañana ya vemos qué hacemos con el resto de la casa - dijo la mujer poco convencida de que un hombre tan mayor pasara una noche en ese sitio.
- No sabes cuánto te lo agradezco, Virtudes. No te preocupes, que mañana ya se verá.
- Tome, le he traído esta pastilla de jabón. Dice mi hija que le gusta a usted cómo huele.
Bartolomé la cogió sonriendo y se la acercó a su prominente y ahora arrugada e irregular nariz y respondió: - Este será el único aroma que se me resista. Me moriré sin saber qué es este olor. Sí, me ha gustado desde que era un niño..., muchas gracias.
Y volvió a quedarse solo en su antiguo hogar; cosa casi imposible muchos años antes. El viejo se recostó en la cama que Virtudes le había preparado con ropa traída de su casa y lavada con la esencia de la tía Aurora. Se metió entre esas sábanas, que era como estar rodeado por el aroma de su niñez y de su juventud; cuando ya le llamaban "Bartolo el sabueso", por la habilidad para adivinar cosas simplemente por los olores que desprendían. Entonces le vino el hedor que notó seis meses antes por primera vez. Antes de ir al médico a que le confirmara lo que él ya había olido, antes del hospital y las buenas palabras. Volvió de repente la peste a agrio, a bilis, a mucosidad insana; a dolor y angustia; a cuerpo consumido. Bartolomé se protegió de esos tufos entre las sábanas, con la esencia de la tía Aurora y así, intentando parapetarse tras el aroma, fue cuando se alegró de la decisión de haber vuelto donde le correspondía y, cuando los hedores preparaban el ataque definitivo, Bartolo percibió la madreselva, las violetas, el limón y el azahar, en las sábanas que le tapaban. Puso la nariz sobre el embozo de la cama, y, al fin, con una imperturbable calma, con una paz inmensamente serena, sonrió y cerró los ojos...
Pablo de Aguilar González
Por: Pablo de Aguilar González | Relatos | Comentarios (15) | Referencias (0)
Triste pero real.Con pocas palabras muestras:la soledad de la vejez,la solidaridad en las pequeñas comunidades y la sordidez de algunas muertes y más...Bien. ,
LIA | 26-06-2008 09:59:02
Vaya que me gustaría poder hacer lo mismo que Bartolo, a mí me parece una buena muerte, pero la casa en la que nací hace ya años la demolieron y sólo quedó el frente para recordármela. Y qué no diera por oler la infancia una vez más, los olores siempre tuvieron la capacidad de transportarme.
Me sigue gustando la sencillez de tus textos, Pablo, ha sido un gusto pasar por aquí y leerte.
Besos!
NOFRET | 26-06-2008 09:59:34
Felicidades, Pablo. Se lee con verdadero placer.
Por correo te haré llegar el libro con los relatos y poemas que han premiado en Villatoya... A ver si el próximo año te animas a participar.
Ramón
Ramón | 26-06-2008 10:00:13
¡Niño, me has hecho llorar!
Tienes un don. Si así no fuera no habrías repetido lo de "nada que ver" y puede que hubieses contretado que la habilidad de adivinar cosas por los olores era "suya" de Bartolo.
Nora
Nora | 26-06-2008 10:01:46
Gracias por tu comentario, Lia. Yo tampoco veo esta muerte como sórdida sino como una elección.
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Gracias por pasarte, Nofret. Y más por tus comentarios siempre generosos
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Gracias, primo. Ya participé el año pasado... precisamente con éste :roll
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Los olores, a menudo, nos llevan a la infancia, ¿verdad invitado? Gracias por pasarte.
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Gracias por tu comentario, Nora. Me alegra que te emocionaras porque de eso se trata. En cuanto al resto...
Lo del don, no termino de creérmelo y, de hecho, no capto si está dicho con ironía o no... jejejeje. Porque la repetición del "nada que ver" acabo de darme cuenta de ella, gracias a tu comentario, o sea, que no ha sido una "licencia literaria" . Y lo de la habilidad no entiendo qué quieres decir.
Don... pero poco :sigh
Pablo | 26-06-2008 10:02:15
Creo que tienes un don, Pablo. No es una ironía.
En cuando a lo de "nada que ver",
puede que sea una licencia, yo no soy erudita, pero me sonó mal, incluso sentí un poquito de rabia, me dije: pero... bueno, este niño no da sus relatos a leer a sus amigos para que se los "manoseen" ? Con lo de "la habilidad", quería señalar que, puede que, en lugar de "por la habilidad" debiera decir "por su habilidad". En cualquier caso quiero que sepas que me llevaste a ese lugar, creo, al lugar en el que estabas cuando escribías... tienes poder.
Nora
Nora | 26-06-2008 10:02:40
Pues entonces, Nora, más gracias todavía :grin. Y no, últimamente no estoy muy sobrado de gente que me "manoseen" los relatos. Y, claro, a veces se escapan estas cosas. En cuanto a lo de "la habilidad" ahora lo entiendo y sí, creo que tienes razón. Sin embargo, influenciado por alguien que odia los "sus" (jejeje), tendía a cambiarlos. (Estoy deshaciéndome de ese vicio). No he mirado, pero quizá haya otro "su" cerca y por eso... Pero bueno, que es más correcto como tú recomiendas, sí.
Saludos.
Pablo
Pablo | 26-06-2008 10:03:10
Escrito por xim el 2007-07-26 06:57:37uno de tus grandiosos relatos que le hacen sentir a uno lo que siente el personaje.....me acaba de atacar la melancolia que me recuerda lo corta que es la vida y la amiga constante e incondicional que puede llegar a ser la soledad siempre a nuestro lado aunque no siempre la vemos solo cuando se nos olbiga a recordar que esta ahi ....y que mjeor que los recuerdos de las mejores epocas para olvidarse de la soledad. recordar es vivir dicen por ahi. me evoca este escrito a un poema de mario benedetti llamado cuando eramos niños. un abrazo chau
xim
XIM | 26-06-2008 10:03:39
LAU | 26-06-2008 10:04:20
o pablo se me ha arrugado el espíritu, es precioso, jo, este me lo guardo. Gracias.
Yo también te habría dado un premio
besos
invitado | 26-06-2008 10:05:04
Pablo | 26-06-2008 10:05:35
Tengo 63 años y quizá algún día escribiré y emocionaré como tú. O casi como tú. Tal vez; cuando sea mayor...
Debe de ser muy emocionante volver a sentir los olores de cuando eras jovenzuelo... Es posible que se muera de pura emoción...
Roberto :cry
Roberto | 26-06-2008 10:06:23
Seguramente, Roberto, no haya que esperar a ese día. Seguramente lo hagas ya.
Gracias por pasarte.
Saludos.
Pablo
Pablo | 26-06-2008 10:06:56
Hola Pablo, acabo de venir de La molineta, pero Eoghan (un buen fichaje) todavía no ha colgado nada.
Respecto al cuento, he de decir que me has trasladado a mi infancia por el modo que has combinado el jabón y el sentido del olfato, o mejor dicho por las sensaciones que has descrito, las cuales conocemos sobradamente los que ya no somos treintañeros.
Un saludo,
DOSTOPOS | 26-06-2008 10:07:31
Muchas gracias, Dostopos. Sí, coincido en lo de Eoghan.
Me alegra que te haya traido sensaciones. De eso se trataba :)
Gracias por pasarte.
Un saludo.
Pablo
Pablo | 26-06-2008 10:07:59