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<title>Echándole Cuento</title>
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<tagline>Decía Camilo José Cela: "En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano."

Pues eso, que si alguien disfruta con alguno de estos toscos escritos, ya me sentiré premiado.</tagline>
<modified>2008-06-26T09:57:39Z</modified>
<copyright>Copyright 2008</copyright>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
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	<title>Tokio Blues en el club</title>
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	<modified>2008-06-26T09:32:01Z</modified>
	<issued>2008-06-26T09:32:01Z</issued>
	<dc:subject>El club</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2008/06/26/tokio-blues-en-el-club"><![CDATA[<div style="text-align: center"><img src="http://echandolecuento.bitacoras.com/tokioblues.jpg" alt="Tokio Blues" width="99" height="152" /></div><br /><br /><blockquote><p align="justify">Una historia de amor triangular que se convierte en el relato de una educaci&oacute;n sentimental pero tambi&eacute;n de las p&eacute;rdidas que implica toda maduraci&oacute;n .</p><p align="justify">Toru Watanabe, un ejecutivo de 37 a&ntilde;os, escucha casualmente mientras aterriza en un aeropuerto europeo una vieja canci&oacute;n de los Beatles, y la m&uacute;sica le hace retroceder a su juventud, al turbulento Tokio de finales de los sesenta. Toru recuerda, con una mezcla de melancol&iacute;a y desasosiego, a la inestable y misteriosa Naoko, la novia de su mejor &ndash;y &uacute;nico&ndash; amigo de la adolescencia, Kizuki. El suicidio de &eacute;ste les distancia durante un a&ntilde;o hasta que se reencuentran en la universidad. Inician all&iacute; una relaci&oacute;n &iacute;ntima; sin embargo, la fr&aacute;gil salud mental de Naoko se resiente y la internan en un centro de reposo. Al poco, Toru se enamora de Midori, una joven activa y resuelta. Indeciso, sumido en dudas y temores, experimenta el deslumbramiento y el desenga&ntilde;o all&aacute; donde todo parece cobrar sentido: el sexo, el amor y la muerte. La situaci&oacute;n, para &eacute;l, para los tres, se ha vuelto insostenible; ninguno parece capaz de alcanzar el delicado equilibrio entre las esperanzas juveniles y la necesidad de encontrar un lugar en el mundo. <br />Con un fino sentido del humor, Murakami ha escrito el conmovedor relato de una educaci&oacute;n sentimental, pero tambi&eacute;n de las p&eacute;rdidas que implica toda maduraci&oacute;n. Tokio blues supuso el reconocimiento definitivo del autor en su pa&iacute;s, donde se convirti&oacute; en un best seller. </p></blockquote>]]></content>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>Si te comes un limón sin hacer muecas</title>
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	<modified>2008-06-26T09:10:45Z</modified>
	<issued>2008-06-26T09:10:45Z</issued>
	<dc:subject>El club</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2008/06/26/si-te-comes-un-limon-sin-hacer-muecas"><![CDATA[<div style="text-align: center"><img src="http://echandolecuento.bitacoras.com/img/si%20te%20comes%20un%20limon001.jpg" alt="Si te comes un lim&oacute;n sin hacer mueuecas" width="100" height="156" /></div><em><font face="Times New Roman"><font size="3"><p>&nbsp;</p></font></font></em><br /><br /><p align="justify">Los veinte cuentos de Si te comes un lim&oacute;n sin hacer muecas combinan situaciones cotidianas y fant&aacute;sticas que profundizan en emociones comunes con las que resulta f&aacute;cil identificarse. El amor no correspondido, la compa&ntilde;&iacute;a y los deseos insatisfechos son algunos de los elementos que caracterizan este libro, del que Enrique Vila-Matas escribi&oacute;: &quot;Al final acabas comprendiendo que P&agrave;mies te ha vendido como breve lo que en realidad un libro interminable, infinito.&quot; Con una mirada ir&oacute;nica, incisiva y contenida, Sergi P&agrave;mies retrata las servidumbres de unos personajes vulnerables, esclavos de unas circunstancias que, al igual que los limones, tienen el contradictorio poder de ser &aacute;cidas y refrescantes al mismo tiempo. La excelente acogida que ha tenido entre los lectores y la cr&iacute;tica no hace sino confirmar la proyecci&oacute;n de P&agrave;mies como un narrador cada vez m&aacute;s le&iacute;do y admirado.</p><div align="justify"> </div><p align="justify">&quot;Tirando del hilo de una situaci&oacute;n intrascendente, Sergi P&agrave;mies lo desenrolla en pocas frases hasta el drama, la inquietud, la explosi&oacute;n, el absurdo&quot; (Martine Silber, Le Monde)</p><div align="justify"> </div><p align="justify">&quot;Si la an&eacute;cdota se contempla desde un punto de vista literario, se hallar&aacute; la respuesta que explica por qu&eacute; los cuentos de Sergi P&agrave;mies suscitan un desconcierto de desolaci&oacute;n y extra&ntilde;eza, como si el lector cayera en un paraje de extremo vac&iacute;o&quot; (Pon&ccedil; Puigdevall, El Pa&iacute;s)</p><div align="justify"> </div><p align="justify">&quot;Si te comes un lim&oacute;n sin hacer muecas es un libro sutil, que tiene la apariencia de mucha transparencia en inmediatez, que se desmiente con la segunda lectura de cualquiera de sus piezas&quot; (Sam Abrams, El Mundo).</p><div align="justify"> </div><p align="justify">&quot;P&agrave;mies es un autor insustituible. Y si te comes un lim&oacute;n sin hacer muecas una obra que sintetiza su talento narrativo, que por su brevedad se puede leer tantas veces como un libro de poemas y que invita a releer sus otros libros. Alta literatura&quot; (Julia Guillam&oacute;n. La Vanguardia).</p><div align="justify"> </div><p align="justify">&quot;Magn&iacute;fico libro&quot; (Javier Cercas).</p><div align="justify"> &nbsp;  </div><p align="justify">&nbsp;</p><div align="justify"> &nbsp;  </div><p align="justify">&nbsp;</p><div align="justify"> Sergi P&agrave;mies (Par&iacute;s 1960) se dio a conocer con Deber&iacute;a ca&eacute;rsete la cara de verg&uuml;enza, libro al que siguieron Infecci&oacute;n, La primera piedra (Premio &Iacute;caro), El instinto (Premio Prudenci Bertrana), Sentimental y La gran novela sobre Barcelona(Premio de la Cr&iacute;tica Serra D'Or), todos ellos publicados en castellano por Anagrama y traducidos al franc&eacute;s y, varios de ellos, al alem&aacute;n. Asimismo gan&oacute; en el a&ntilde;o 2000 los premios Cava de Periodismo y NH Hoteles de Relatos con el cuento &quot;La cabeza en la nevera&quot;. Tambi&eacute;n en Anagrama ha publicado sus dos &uacute;ltimos libros de cuentos El &uacute;ltimo libro de Sergi P&aacute;mies y Si te comes un lim&oacute;n sin hacer muecas.</div><em><font face="Times New Roman"><font size="3"> <p>&nbsp;</p></font></font></em>]]></content>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>Regreso</title>
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	<modified>2007-01-21T09:55:43Z</modified>
	<issued>2007-01-21T09:55:43Z</issued>
	<dc:subject>Relatos</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2007/01/21/regreso"><![CDATA[<p>&nbsp;</p><div style="text-align: center"><img src="http://echandolecuento.bitacoras.com/img/anciano1.jpg" alt="regreso" width="217" height="142" /></div><p>&nbsp;</p><p align="center"><em>(2&ordm; Premio 2007. Concurso de relato corto centro Emilia Pardo Baz&aacute;n)</em> </p><br /><br /><blockquote><p align="justify">Cuando por fin puso el pie en el and&eacute;n, Bartolom&eacute; Naso, percibi&oacute; el olor a grasa y metal que la peque&ntilde;a estaci&oacute;n del pueblo siempre hab&iacute;a desprendido. Era el aroma de d&iacute;as sin clase y gamberradas, de poner la perra gorda sobre la v&iacute;a a las 5:40,&nbsp; la hora del expreso de las cinco, para que &eacute;ste la dejara aplastada y lisa, y presumir de la haza&ntilde;a ante los amigos en la plaza, al utilizarla en la cuerda de la peonza - o guita del zompo, como se dec&iacute;a en el pueblo- . Tentado estuvo de ir al otro lado de la estaci&oacute;n y dejar una moneda de cincuenta c&eacute;ntimos de euro sobre la v&iacute;a - como cuando era peque&ntilde;o, aunque con un valor unas ochocientas veces superior -, pero no estaban las piernas ya como para andar por el dif&iacute;cil empedrado anexo a las v&iacute;as y prefiri&oacute; desistir de la empresa. Decidi&oacute; pasar a lo que era el vest&iacute;bulo de la estaci&oacute;n, que hab&iacute;a sido reformado y modernizado recientemente. Todo era muy pulcro y funcional, con cristales irrompibles y paneles de informaci&oacute;n. Nada que ver con aquel recinto de su juventud, en el que Remigio permanec&iacute;a eternamente sentado detr&aacute;s de su ventanilla, con la colilla de calique&ntilde;o en los labios y la mala uva entre la gorra y&nbsp; el entrecejo. Estaba perdido en esa estaci&oacute;n que, aunque estuviera en el mismo sitio, no era la misma de antes. </p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Entonces, Bartolom&eacute;, not&oacute; otra fragancia muy distinta a la de la v&iacute;a, pero no menos familiar. Ol&iacute;a a la t&iacute;a Aurora. Su t&iacute;a siempre hab&iacute;a fabricado su propio jab&oacute;n en grandes jubones con aceite, sosa y una esencia que nunca quiso revelar, pero que lo hac&iacute;an &uacute;nico en el pueblo y alrededores. Tuvo mucho &eacute;xito la t&iacute;a Aurora con la elaboraci&oacute;n de su producto hasta que Marcelo abri&oacute; la droguer&iacute;a y empez&oacute; a traer todos esos cosm&eacute;ticos perfumados que se fabricaban en la capital. Se extra&ntilde;&oacute; de que ese aroma todav&iacute;a rondara por ah&iacute;, lo cre&iacute;a extinguido, pero era inconfundible. Mir&oacute; a la zagala de la que proven&iacute;a. Una joven de las de ahora, con un pendiente en el labio inferior y un peinado de esos que, en realidad, eran s&oacute;lo pelo revuelto, sin orden ni concierto. Pero el olor a jab&oacute;n de la t&iacute;a Aurora lo compensaba. Ese era olor a fresco, a ropa limpia, a manos y cara reci&eacute;n lavadas - que no se hac&iacute;a distinci&oacute;n entonces con los jabones -, a zafa y trapos en remojo, a juventud en definitiva. Se acerc&oacute; a ella y le pregunt&oacute;:</p><p align="justify">- &iquest;Eres nieta de la Aurora?</p><p align="justify">La muchacha mir&oacute; al viejo que le hablaba, alto a pesar de la edad, aunque con un cuerpo ya cansado de sujetar los hombros, como queri&eacute;ndose desprender de ellos, dej&aacute;ndolos caer al suelo.</p><p align="justify">- S&iacute;, la madre de mi madre se llama Aurora. </p><p align="justify">El hombre sonri&oacute; con la sonrisa pl&aacute;cida del triunfo, su viejo olfato era lo &uacute;nico que todav&iacute;a permanec&iacute;a joven en &eacute;l.</p><p align="justify">- Por lo que puedo llegar a oler, sigue fabricando jab&oacute;n.</p><p align="justify">La muchacha se sorprendi&oacute; a&uacute;n m&aacute;s.</p><p align="justify">- S&iacute;, lo hace mi madre, que le ense&ntilde;&oacute; su abuela, que tambi&eacute;n se llamaba Aurora. &iquest;C&oacute;mo lo sabe usted?. </p><p align="justify">Bartolom&eacute; ech&oacute; cuentas, claro que no pod&iacute;a ser nieta de la t&iacute;a Aurora, sino biznieta. </p><p align="justify">- Por el olor, hija, por el olor... - El viejo sonri&oacute; maliciosamente y prob&oacute; suerte: - &iquest;Me cuentas c&oacute;mo consigue tu madre ese aroma tan fresco?.</p><p align="justify">- Pues no lo s&eacute;, se&ntilde;or. Ella no lo cuenta a nadie. &iquest;Conoce usted a mi abuela?</p><p align="justify">- S&iacute;, hija s&iacute;.. y a tu bisabuela, la inventora de ese jab&oacute;n, que siempre dijo que se llevar&iacute;a el secreto a la tumba. Veo que, por suerte, no fue as&iacute;.</p><p align="justify">Ambos se despidieron al fin con amabilidad. La chica prometi&oacute; que contar&iacute;a de su encuentro a su madre y el hombre, despacio, con el cansancio de un cuerpo ya demasiado usado, sali&oacute; de la estaci&oacute;n. </p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Su casa, la casa donde hab&iacute;a crecido, ol&iacute;a a humedad y a cerrado, a a&ntilde;os de soledad, a ruina y abandono. Nada que ver con los aromas que sol&iacute;a desprender cuando aquel sitio rebosaba gente y sonidos&nbsp; por todas sus puertas y ventanas. Cuando se percib&iacute;an olores de humo de hogar, de fiambres colgados en la c&aacute;mara, de cebolla y morcillas; de sofritos, pan y queso de cabra; de gallinas, de gansos, de conejeras, de cerdos y de cuadras. Eran los tiempos en los que todos viv&iacute;an y trabajaban a una. Se encargaban de las tierras, de los animales y de lo que hubiera que encargarse. Tiempos de mucho trabajo, pocos adelantos y bastante alegr&iacute;a. Alegr&iacute;a de juventud, pensaba en ese momento Bartolom&eacute;; porque no recordaba al abuelo alegre, sino todo lo contrario. Ahora se daba cuenta de que el peso de la casa, velar por toda aquella gente, coordinar todo ese trabajo, era una carga tan pesada que le aplastaba las sonrisas y los buenos humores. Pero eso lo sab&iacute;a cuando su cuerpo estaba tan cansado como el de su abuelo entonces. Para &eacute;l, aquel viejo, era simplemente serio, nunca se le ocurri&oacute; que podr&iacute;an estar falt&aacute;ndole las fuerzas, algo distante, pero siempre correcto. Pocas veces lo abrazaba, pero cuando lo hac&iacute;a, lo apretaba contra su pecho y Bartolom&eacute; ol&iacute;a el humo de infinitas lumbres incrustado en la zamarra del abuelo, notaba la aspereza de las manos y su olor al almuerzo preferido: el pan y chorizo, el vino de la &uacute;ltima cosecha, el tabaco de liar y el caf&eacute; de achicoria. Percib&iacute;a el sudor del trabajo, el olor a romero, a tomillo y a cabra del pastoreo; a humo de cigarro y vino de taberna. A pueblo y a vida, en fin.</p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; - &iquest;T&iacute;o Bartolo? - Oy&oacute; a su espalda. Se volvi&oacute; extra&ntilde;ado. Nadie sab&iacute;a que hab&iacute;a vuelto y no esperaba ver a nadie en aquella casa. Vio a una mujer en la entrada. No la reconoc&iacute;a.</p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; - Soy Virtudes, nieta de la Aurora. Mi hija me ha contado de su encuentro esta ma&ntilde;ana y mi madre ha dicho: &quot;Ese olfato no puede ser m&aacute;s que el del t&iacute;o Bartolo. Se habl&oacute; durante a&ntilde;os en el pueblo de &eacute;l&quot;. Y dice que ustedes son medio parientes o algo as&iacute;. S&oacute;lo he venido a ver si puedo echarle una mano, no puede quedarse aqu&iacute;, est&aacute; todo muy abandonado. V&eacute;ngase a casa, aunque sea esta noche, y ma&ntilde;ana ya veremos.</p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; - Te lo agradezco, hija. Pero he venido a quedarme. Me basta con un sitio donde echarme.</p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Despu&eacute;s de varias invitaciones insistentes y otras tantas declinaciones, Virtudes le ayud&oacute; a adecentar un cuarto para esa noche. </p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; - Ma&ntilde;ana ya vemos qu&eacute; hacemos con el resto de la casa - dijo la mujer poco convencida de que un hombre tan mayor pasara una noche en ese sitio.</p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -&nbsp; No sabes cu&aacute;nto te lo agradezco, Virtudes. No te preocupes, que ma&ntilde;ana ya se ver&aacute;.</p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; - Tome, le he tra&iacute;do esta pastilla de jab&oacute;n. Dice mi hija que le gusta a usted c&oacute;mo huele.</p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Bartolom&eacute; la cogi&oacute; sonriendo y se la acerc&oacute; a su prominente y ahora arrugada e irregular nariz y respondi&oacute;: - Este ser&aacute; el &uacute;nico aroma que se me resista. Me morir&eacute; sin saber qu&eacute; es este olor. S&iacute;, me ha gustado desde que era un ni&ntilde;o..., muchas gracias.</p><p align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y volvi&oacute; a quedarse solo en su antiguo hogar; cosa casi imposible muchos a&ntilde;os antes. El viejo se recost&oacute; en la cama que Virtudes le hab&iacute;a preparado con ropa tra&iacute;da de su casa y lavada con la esencia de la t&iacute;a Aurora. Se meti&oacute; entre esas s&aacute;banas, que era como estar rodeado por el aroma de su ni&ntilde;ez y de su juventud; cuando ya le llamaban &quot;Bartolo el sabueso&quot;, por la habilidad para adivinar cosas simplemente por los olores que desprend&iacute;an. Entonces le vino el hedor que not&oacute; seis meses antes por primera vez. Antes de ir al m&eacute;dico a que le confirmara lo que &eacute;l ya hab&iacute;a olido, antes del hospital y las buenas palabras. Volvi&oacute; de repente la peste a agrio, a bilis, a mucosidad insana; a dolor y angustia; a cuerpo consumido. Bartolom&eacute; se protegi&oacute; de esos tufos entre las s&aacute;banas, con la esencia de la t&iacute;a Aurora y as&iacute;, intentando parapetarse tras el aroma, fue cuando se alegr&oacute; de la decisi&oacute;n de haber vuelto donde le correspond&iacute;a y, cuando los hedores preparaban el ataque definitivo, Bartolo percibi&oacute; la madreselva, las violetas,&nbsp; el lim&oacute;n y el azahar, en las s&aacute;banas que le tapaban. Puso la nariz sobre el embozo de la cama, y, al fin, con una imperturbable calma, con una paz inmensamente serena, sonri&oacute; y&nbsp; cerr&oacute; los ojos... </p><p style="margin: 0cm 0cm 0pt; line-height: 200%" class="MsoBodyText" align="justify">&nbsp;</p><p style="margin: 0cm 0cm 0pt; line-height: 200%" class="MsoBodyText" align="justify">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pablo de Aguilar Gonz&aacute;lez&nbsp; </p></blockquote>]]></content>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
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	<title>Amistad eterna</title>
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	<modified>2006-10-15T17:54:11Z</modified>
	<issued>2006-10-15T17:54:11Z</issued>
	<dc:subject>Relatos</dc:subject>
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<p>	Conocí a Diego Vivar cuando aún  éramos unos críos. Todavía recuerdo el día en que apareció en el colegio, con su cachaza y paso lento. Justo a mi lado había un pupitre vacío, que el maestro le asignó al momento. Él, después de dejar la cartera junto a la silla, y dejarse caer sobre ésta como si se desplomara, me miró y saludó con un leve meneo de cabeza, sin articular palabra alguna.</p><br />
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<p>	Conocí a Diego Vivar cuando aún  éramos unos críos. Todavía recuerdo el día en que apareció en el colegio, con su cachaza y paso lento. Justo a mi lado había un pupitre vacío, que el maestro le asignó al momento. Él, después de dejar la cartera junto a la silla, y dejarse caer sobre ésta como si se desplomara, me miró y saludó con un leve meneo de cabeza, sin articular palabra alguna.</p><br />
<p>	Los pupitres, las horas de clases aburridas, los exámenes, copiar en éstos y las burlas a los profesores cuando dan la espalda, fomentan, diría que de manera definitiva, las amistades eternas. Eso es lo que ocurrió con Diego y conmigo. A pesar de que ya en los años de instituto y, posteriormente, en la facultad, siempre era yo el que tomaba los apuntes que, luego, mi amigo, me pedía para – según él – pasar a limpio y que, por uno u otro motivo – excusa nunca faltaba -, simplemente acababan fotocopiados dentro de su carpeta.</p><br />
<p>	Diego fue el único chiquillo, que yo conocí, que solía ponerse de portero, por voluntad propia, en los partidos del patio; llegué a pensar que era porque, por tal motivo, los demás lo elegían el primero para su equipo y, así, solucionaban el eterno problema infantil acerca de quién ocuparía el puesto. Aunque me di cuenta, años después, que él ni siquiera había reparado en tal hecho.</p><br />
<p>	No era un muchacho apartado, ni de los que son objeto de las crueles mofas infantiles; todo lo contrario, caía bien. Y su disponibilidad para quedarse fuera del partido, si sobraba algún jugador, era alabada por todos los compañeros de clase.</p><br />
<p>	Pero no es objeto de la historia que les estoy contando, describir la poco azarosa juventud de mi viejo amigo. Eso no tendría mayor interés. Lo realmente importante son los hechos que les relataré a continuación y que quizá no serían comprensibles sin la breve y tosca introducción que acabo de relatarles.</p><br />
<p>	Como les he comentado, hemos tenido una larga amistad, que ha sido, además, bien abonada por el hecho de haber cursado todos nuestros estudios a la par, desde la fecha en que nos vimos por primera vez. Tal fue así, que hasta encontramos trabajo en la misma empresa, gracias a que los currículos que cumplimenté, y envié por ambos, fueron muy bien recibidos por nuestro  Director de Recursos Humanos. Los dos salíamos a desayunar juntos, y juntos pasábamos por la administración de loterías, todas las semanas, a tentar la suerte con ilusión; hasta que un día, por un incomprensible ataque de estúpida dignidad, decidí no gastar más dinero en hacer ricos a los demás y dejé de jugar. Esto produjo cierto conflicto en Diego, porque siempre era yo el que se encargaba de rellenar los boletos pero, cuando descubrió que la máquina podía hacerlo sola, tuvo la determinación – no sin sorpresa por mi parte – de seguir jugando.</p><br />
<p>	Imaginen cómo me sentí el día que Diego apareció en mi despacho y, después de preguntarle, sorprendido, por qué no había utilizado el teléfono; me dijo que acababan de tocarle los treinta millones de euros del Bote de la Primitiva. También pueden hacerse una idea, si lo desean, de lo forzado de mi sonrisa, y del conflicto que en mi interior mantenían mi sincero afecto por Diego y la mil veces maldita dignidad.</p><br />
<p>	A la semana siguiente, lo despedí en la puerta de su casa, mientras esperábamos el taxi que tendría que llevarle al aeropuerto, camino de no sé qué isla caribeña en donde pensaba pasarse el día tumbado bajo una palmera y bebiendo ron con Coca Cola. Después de un fuerte abrazo, esperé a que el taxi - por cuya ventanilla trasera asomaba la mano de mi amigo – desapareciera al torcer la esquina y, sin poder aguantar más la ansiedad, corrí al flamante BMW que, en nombre de una larga amistad y, sobre todo, de una dignidad loable, me había regalado el nuevo millonario.</p><br />
<p>	Recibía postales de Diego a menudo, escritas cada una de ellas con letra distinta y nunca la suya. Por ellas supe que estuvo viajando por medio mundo y en todas decía lo mismo:  “Este sitio es maravilloso, ¡No pego un palo al agua!”.</p><br />
<p>	Nunca entendí por qué, alguien a quien le gusta moverse tan poco, cambiaba tanto de lugar.</p><br />
<p>	Pasarían algo así como siete u ocho meses hasta que volví a verle. Había comprado un chalet en una urbanización de lujo, fuera de la ciudad, y requirió mi presencia a través de un chofer que apareció sin avisar en la puerta de mi casa. Accedí a subir al enorme coche gustoso, con la alegría natural de ver de nuevo a mi viejo amigo. El chalet era impresionante: Un gran portón de hierro fundido por el que se podía atravesar un inmenso muro de más de dos metros de alto, el jardín, impecablemente cuidado, y la entrada de la casa, con un porche grandioso que era el preludio del majestuoso hall.</p><br />
<p>	El chofer, mayordomo o lo que quiera que fuese aquel criado, me acompañó a través de algunas salas enormes hasta otra más pequeña en la que, nada más entrar, se distinguía, al frente, una enorme pantalla de televisión empotrada en la pared y, a medio camino, un magnifico sofá. Cuando el sirviente anunció mi presencia, pude volver a ver el orondo gesto sonriente de Diego que, asomando por encima del respaldo, me invitaba a tomar asiento en uno de los sillones que lo escoltaban.</p><br />
<p>	Imaginen cuál sería mi sorpresa cuando, al reprocharle, en broma, la vida que se estaba dando, él se puso serio y me dijo con gesto amargado: “Esto no es vida, amigo”. Comenzó a relatarme todas las correrías que había vivido, por casi medio mundo, desde el día que partió; cómo la gente le acosaba para beneficiarse de su dinero y él, por no tener que cansarse en inventar excusas, atendía las peticiones; lo cual llevaba a que éstas se multiplicaran exponencialmente cuando se corría la voz, hasta que la situación se hacía insoportable y debía cambiar de lugar; cómo, también, era invitado a multitud de recepciones inútiles a las que tenía que acudir impecablemente vestido; cómo había tenido que contratar a un eficiente secretario para controlar su agenda; y cómo tuvo que despedirlo cuando éste llegó a hacerle la vida imposible, obligándole a atender a todos sus compromisos. Cómo, en fin, su vida se había complicado de tal manera, que llegaba a maldecir el día en que, quizá por primera vez, no siguió la decisión que yo había tomado y jugó a la lotería él solo.</p><br />
<p>	Sí, es verdad que esto llegó a producir en mí un cierto mal humor. Era, probablemente, la primera vez que me sentía enfadado con Diego, y le argumenté que todos envidiábamos su suerte, que muchos daríamos un brazo por estar en su lugar, y que no podía ser tan ruin como para llamarme y restregarme en las narices su envidiable “mala fortuna”.</p><br />
<p>	Fue en ese momento, y no en otro, cuando Diego me propuso cambiar nuestros destinos. Insistía en que él sería más feliz con una vida sencilla, sin tanto lujo, sin recepciones, sin gorrones. Sólo quería recuperar sus hábitos tranquilos, aunque con un leve cambio: No volvería a trabajar. Y, fue entonces, repito, cuando se echó mano a la cartera y extrajo de ella un cheque por una cantidad levemente inferior a la del premio que obtuvo unos meses antes.</p><br />
<p>	Les aseguro – y no acierto a comprender la incredulidad mostrada por todos ustedes -, que así fue como ocurrió todo, que el hecho de que el pobre Diego muriera poco antes de que yo partiera hacia este destino exótico, desde el que les escribo, el cual no revelaré por razones que sólo a mí atañen, fue, aunque luctuoso, totalmente fortuito. Yo tampoco entiendo cómo pudo dispararse el cargador del revolver entero; incluso me extraña que, pudiendo arreglarlo con una sola bala, las utilizara todas;  pero de ahí a responsabilizarme de un crimen tan atroz, de una muerte que produjo la más honda tristeza que mi alma había sentido jamás... no dejan de ser viles calumnias. De lo único que se me puede acusar, es de haber sido fiel a una larga amistad, de ayudar tal y como había hecho siempre, desde niños; y de cumplir con la voluntad de un viejo amigo, la cual, a la postre, y por azares de la caprichosa fortuna, fue la última que tuvo.</p><br />
</p><br />
<p><p align="right"></p><br />
<p>Pablo de Aguilar González. Julio 2006</p><br />
</p><br />
]]></content>
</entry>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>El balón</title>
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	<modified>2006-09-24T18:44:02Z</modified>
	<issued>2006-09-24T18:44:02Z</issued>
	<dc:subject>Relatos</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/09/24/el-balon"><![CDATA[<p><p align="justify"></p><br />
<p>	- Hola</p><br />
<p>	Yo me volví, buscando quién me saludaba. Miré a un lado y a otro. Nadie. Di, de nuevo, la vuelta, para continuar por mi camino cuando oí otra vez la voz:</p><br />
<p>	- Hola</p><br />
<p>	Busqué por detrás. Allí no había más que un balón. Un balón de fútbol, con hexágonos de color amarillo y azul. No comprendía nada. No había nadie que pudiera emitir un saludo y, sin embargo, yo lo había oído dos veces.</p><br />
<p>	- ¿Acaso no me recuerdas?</p><br />
<p>	No daba crédito a lo que estaba oyendo. La voz salía de aquella pelota que tenía a mis pies. No sabía sin contestarle o no, en realidad, la situación era ridícula.</p><br />
</p><br />
<br /><br /><p><p align="justify"></p><br />
<p>	- Hola</p><br />
<p>	Yo me volví, buscando quién me saludaba. Miré a un lado y a otro. Nadie. Di, de nuevo, la vuelta, para continuar por mi camino cuando oí otra vez la voz:</p><br />
<p>	- Hola</p><br />
<p>	Busqué por detrás. Allí no había más que un balón. Un balón de fútbol, con hexágonos de color amarillo y azul. No comprendía nada. No había nadie que pudiera emitir un saludo y, sin embargo, yo lo había oído dos veces.</p><br />
<p>	- ¿Acaso no me recuerdas?</p><br />
<p>	No daba crédito a lo que estaba oyendo. La voz salía de aquella pelota que tenía a mis pies. No sabía sin contestarle o no, en realidad, la situación era ridícula.</p><br />
<p>	- No, se ve que ya me has olvidado.</p><br />
<p>	- Pues..., no sabría que decirte...   -, conseguí decir, al fin. - La verdad...</p><br />
<p>	- ¡Soy yo! El balón del cesto de balones. ¿No te acuerdas?</p><br />
<p>	- ¿Qué  cesto?</p><br />
<p>	- En cuanto crecéis, olvidáis los auténticos deseos que una vez tuvisteis -, contestó el balón entristecido, mientras se daba la vuelta para marcharse lentamente.</p><br />
<p>	Entonces me vino a la mente un recuerdo ya casi olvidado. Una imagen que permanecía oculta, en el último rincón de mi cerebro, seguramente en la antesala del basurero de recuerdos, donde caen los totalmente desechados. El caso es que volví a ver, dentro de mi mente, aquella cesta de  balones de todos los colores. Había sido cuando yo era pequeño, tan pequeño que ni recuerdo cuánto. Yo iba con mis padres por una tienda enorme, de esas en las que había de todo. De esas, a  las que, los habitantes de ciudades pequeñas como la mía, íbamos de vez en cuando, a sorprendernos con tanta luz, tanto artículo; con, en definitiva, el incipiente culto al consumismo de la época. Y ahora, lo veía claro, lo que a mí me llamaba la atención entre todo aquello que se nos ponía a la vista, dispuesto a ser comprado, eran aquellas enormes cestas de balones. Unas redes que casi llegaban al techo, e iban a terminar en una cesta. Si uno tomaba una de las pelotas de la cesta, muy probablemente, caería otra de la red. Era como una orgía de colores, como una llamada que no se podía obviar. Pero de entre todos aquellos balones, uno era siempre el que llamaba mi atención. Uno especialmente luminoso, brillante. Sí, aquel amarillo y azul...</p><br />
<p>	- Ya me has recordado ¿Verdad?</p><br />
<p>	- No me puedo creer que esté hablando con una pelota.</p><br />
<p>	- Un balón, disculpa. Y, además, de reglamento.</p><br />
<p>	- Bueno, disculpa tú. Pero es que sigo sin creérmelo.</p><br />
<p>	- Pues soy el mismo. Aquel que mirabas embelesado, con cara de deseo.</p><br />
<p>	- Ya, pues para hacer tantos años de aquello, sigues igual de nuevo.</p><br />
<p>	- Sí, bueno, sé que te parece imposible, pero también te estoy hablando... Ya va siendo hora que dejes a un lado ciertos prejuicios que te anquilosan la mente.</p><br />
<p>	- Bueno, pues nada, que me alegro de verte de nuevo ¿Qué se te ofrece?</p><br />
<p>	- No mucho, sólo quería volverte a ver. Siempre me pregunté por qué me mirabas así y nunca me llevaste a casa.</p><br />
<p>	Recordé aquel deseo íntimo, casi secreto que sentí por aquel balón. Me veía a mí mismo apareciendo en mi calle, con una brillante pelota, amarilla y azul. Pero, que yo recuerde, nunca la pedí directamente, al menos no más allá de un "mira que balón tan chulo..."</p><br />
<p>	- ¿Acaso crees que no me merecías?</p><br />
<p>	Buena pregunta, pensé. Cuando uno es un crío, cualquier nimiedad puede hacerle sentirse culpable. Quizá fue eso, quizá es que pensé que no tenía méritos para que me lo compraran.</p><br />
<p>	- Sería eso, sí. Quizá no tenías méritos para que te compraran un balón así.</p><br />
<p>	- Bueno. No creo que me lo mereciera menos que otros que sí lo tenían. Quizá fue solo que uno no tiene todo lo que le gusta. Seguramente sea eso, no se puede tener todo.</p><br />
<p>	- Puede..., pero fíjate, han pasado cuantos... ¿Quizá 40 años? Y sigo viendo en ti esa mirada de deseo melancólico. Esas ganas de tomarme y llevarme a casa.</p><br />
<p>	- Bueno. Ahora tendría la posibilidad de tenerte cuando quisiera, sí. Pero ¿Para qué querría yo un balón?</p><br />
<p>	- No, ahora no juegas al fútbol. Y sin embargo, todavía me acaricias con la mirada.</p><br />
<p>	- Bueno, balón. Ha sido un placer reencontrarte. Pero comprende que ahora tengo que seguir a lo mío. No parece normal hablar con una pelota, y mucho menos ser psicoanalizado por ella... lo comprendes, ¿no?</p><br />
<p>	- Sí, bueno, pues nada. Que tengas un buen día.</p><br />
<p>	Comencé a alejarme del lugar sin poder creer lo que había pasado. Pellizqué un par de veces cada una de mis mejillas, para comprobar que no había sido un sueño. Aquella mañana apenas pude trabajar. No podía dejar de revivir el episodio y, una y otra vez, me sumergía, con gesto embelesado, en aquella cesta de balones multicolor. Volví a sentir el olor a cuero nuevo, el tacto suave de todas las pelotas expuestas, cuando yo las cogía, una a una para admirarlas. Y, por supuesto, el brillo de mi preferido: el azul y amarillo, de reglamento; que parecía ser el rey de la tienda...</p><br />
<p>	Por la tarde, no lo dudé, me fui directo al centro comercial, sección deportes. Y, como por arte de magia, como si el pasado no se hubiera movido, allí estaba la cesta de balones, como aquella de mi niñez. Impasible al paso del tiempo. No tardé en ver resaltar el brillo azul y amarillo de mi preferido. Parecía estar al frente, asomado a los agujeros de la red, esperándome. Casi pude verlo sonreír, cuando lo tomé entre mis manos.</p><br />
<p>	Al llegar a casa, mi hijo, que vio lo que traía entre las manos, me dijo:</p><br />
<p>	- ¿Me has comprado un balón?</p><br />
<p>	- No, hijo -. Respondí acariciándole la cabeza - Lo he comprado para mí.</p><br />
<p>	Mi mujer y el pequeño se quedaron mirándome fijamente, sin entender nada, como queriendo ver qué era lo que me había dado. Parecían preguntarme con la mirada: ¿Y eso a qué viene?.  Yo, sin más, me limité a responder:</p><br />
<p>	- Lo merecía...</p><br />
</p><br />
<p></p align="right"</p><br />
<p>Pablo de Aguilar González. Septiembre 2006</p><br />
</p><br />
]]></content>
</entry>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>El viejo y el perro</title>
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	<issued>2006-08-26T09:10:48Z</issued>
	<dc:subject>Relatos</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/08/26/el-viejo-y-el-perro"><![CDATA[<p><p align="justify"></p><br />
<p>	Ayo se subió a la cama y Zacarías, al notarlo, dedujo que ya debía haber amanecido. Ya voy, Ayo, ya voy..., dijo con voz todavía profunda y soñolienta; pero el pequeño coquer, había comenzado a lamerle el rostro con insistencia, al tiempo que movía alegremente el muñón del rabo, de manera que todos sus cuartos traseros parecían bailar al compás de una música modernamente machacona.</p><br />
</p><br />
<br /><br /><p><p align="justify"></p><br />
<p>	Ayo se subió a la cama y Zacarías, al notarlo, dedujo que ya debía haber amanecido. Ya voy, Ayo, ya voy..., dijo con voz todavía profunda y soñolienta; pero el pequeño coquer, había comenzado a lamerle el rostro con insistencia, al tiempo que movía alegremente el muñón del rabo, de manera que todos sus cuartos traseros parecían bailar al compás de una música modernamente machacona. El hombre no tuvo más remedio que incorporarse y apartar al perro de encima, con cariñosa autoridad: Quita, Ayo, quita...</p><br />
<p>	Zacarías todavía se permitió bostezar un par de veces antes de poner los pies en el suelo y comprobar en el reloj de la mesita que ya eran las diez de la mañana. Lentamente, se incorporó sobre las zapatillas, produciendo un leve crujido en cada una de sus rodillas, y se dirigió al baño. Ayo no cesaba de seguirlo de un lado a otro, con el eterno meneo trasero, la lengua colgando por uno de los lados del morro, emitiendo leves jadeos y quejidos impacientes, al notar que su amo se entretenía en asuntos que a él hacía rato que también le urgían.</p><br />
<p> 	Ya voy, Ayo, ya voy..., que no soy uno de los críos, hace tiempo que deberías saberlo. Zacarías se movía parsimoniosamente, con calma, con la pesadez de una maquinaria oxidada, se dirigió a la ventana para subir la persiana; le gustaba mirar el clima antes de empezar con los quehaceres matutinos.</p><br />
<p>	Era una día gris, húmedo, un inusual día plomizo para la época del año y la región en la que vivían. Las nubes levitaban a poca altura, no se movía una pequeña brizna de viento, el ambiente era pesado como el plomo en el que se había convertido el cielo; las aceras rezumaban la negruzca humedad que el aire ya no podía aguantar en suspensión y los coches aparcados, dejaban deslizar por los cristales, mojados y sucios, churretes irregulares.</p><br />
<p>	Mal día hace, Ayo, mal día... El perro intentó enderezar las enormes orejas y ladeó la cabeza, como queriendo entender bien lo que su amo quería decirle, mientras continuaba persiguiéndolo de un lado a otro de la habitación y, posteriormente, en dirección a la cocina, donde ya decidió adelantarse, con un breve ladrido y fue a hundir el morro en su vieja escudilla verde, mirando después al hombre, para indicarle, bien a las claras, que el plato estaba vacío.</p><br />
<p>	Zacarías se adentró en la despensa y salió, unos segundos después, con una lata en la mano; y Ayo, ya sin poder contener la impaciencia, ladró al bote de comida, como si fuera el culpable de tanta tardanza.</p><br />
<p>	Antes de que su dueño hubiera tomado asiento frente a un vaso de leche sola y fría, Ayo ya estaba quieto junto a él, sentado, con las orejas en guardia, la mirada complaciente, clavada sobre el hombre, y relamiéndose constantemente el morro, de un lado a otro, por si todavía quedaba algún rastro de carne metido entre alguno de sus infinitos pelos.</p><br />
<p>	Ya voy, Ayo, ya voy... Dijo Zacarías antes de dar un sorbo a su vaso de leche, mirándolo con sonrisa cariñosa.</p><br />
<p>	Una vez terminado el frugal desayuno, volvió al dormitorio a cambiarse el pijama por ropa de calle. Se desvestía y  volvía a vestir con parsimonia mientras miraba, uno a uno, todos los retratos que adornaban la vieja cómoda de la habitación. Hacía tiempo que había dejado de hablar con ellos, quizá, pensaba, porque así los dejaría descansar en paz. Pero ni una sola noche, ni una sola mañana, dejaba de contemplarlos y saludarlos en silencio, hasta que Ayo, impaciente, lo sacaba de recuerdos a veces gratos y, otras veces, tan grises como la mañana que había amanecido ese día.</p><br />
<p>	Ya voy, Ayo, ya voy... Dijo mientras acaba de abrocharse el viejo cinturón de piel marrón. Cogió el collar y la cadena del perro, y miró al animal con sonrisa picarona.. Éste se puso a dar saltos de alegría, al tiempo que provocaba un estruendoso jolgorio de ladridos. Quieto Ayo, quieto.. que no puedo ponerte el collar.</p><br />
<p>	Una vez en la calle, Ayo tiraba con fuerza de Zacarías, en dirección al pequeño jardín arbolado donde acudían todas las mañanas. Ya voy, Ayo, ya voy... No tires tanto, que yo no soy uno de los críos.. Ya deberías saberlo. El perro jadeaba, con el cuello presionado por el collar, cuando, por fin, llegaron al pequeño parque. Allí relajó la marcha y se dedicó a olisquear, árbol por árbol, las marcas aromáticas que otros congéneres habían dejado en ellos antes de que él llegara y, posteriormente, depositaba las suyas propias. Las hojas de los enormes plátanos de sombra habían empezado a alfombrar el suelo y, ese día, permanecían quietas, sin una brisa que las moviera, unidas, unas a otras, a causa de la pegajosa humedad. Las calles aledañas eran un incesante ir y venir de coches, la gente andaba a prisa por las aceras, mientras hablaban por el teléfono móvil, sin reparar en otra cosa. Sólo ellos y una joven, con una perra pequinesa, parecían disfrutar, inmersos en un oasis en mitad del asfalto y el hormigón de la ciudad.</p><br />
<p>	No, Ayo, no... Que ni tú ni yo estamos ya para esos trotes..., no tires...</p><br />
<p>	Pero Ayo había olido a la perrita desde hacía tiempo, quizá desde dentro de la casa, y su instinto ya no podía centrarse en otra cosa. No tires, Ayo, no tires...</p><br />
<p>	Zacarías observaba a la joven con mirada nostálgica y la sonrisa dibujada en el rostro. ¿Tú los recuerdas, Ayo? Y, entonces, se le agrió el gesto y miró a las nubes de nuevo, plomizas, opacas, amenazantes. Vámonos ya, Ayo, vámonos... Pero el perro tiraba en dirección contraria, sin dejar de mirar a la pequeña pequinesa, que ya se alejaba por el otro lado de la calle. No tires, Ayo, no tires... Que no puedo contigo. Ayo tiraba, gemía, jadeaba, movía la cabeza para ver a la perrilla entre los coches que no dejaban de pasar. No tires, Ayo, no... Y, al fin, pudo liberar la cadena de la mano de su dueño y correr en la dirección que le marcaba el instinto.</p><br />
<p>	Cuando Zacarías se volvió, sólo alcanzó a oír un frenazo y un agudo quejido. Un frenazo similar a aquel otro, años atrás. Intentó correr hacia la calzada.</p><br />
<p>	¡Ya voy, Ayo, ya voy...! Eres un superviviente ¿Recuerdas? Espera, Ayo, espera...</p><br />
<p>	Era un día gris, húmedo, plomizo; un día sin viento, con un ambiente pesado como el plomo, aquel día que, tras el frenazo, Ayo lo despertó a lametazos, antes de que llegara la ambulancia, antes de alcanzar a ver cómo había quedado su familia entre lo restos destrozados del coche.</p><br />
<p>	¡Ya voy, Ayo, ya voy...! Me toca despertarte ¡Ya voy, Ayo, ya voy...!</p><br />
</p><br />
<p><p align="right"></p><br />
<p>Pablo de Aguilar González. Julio 2006</p><br />
</p><br />
]]></content>
</entry>
<entry>
	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>Paraiso fugaz</title>
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	<modified>2006-08-10T21:15:33Z</modified>
	<issued>2006-08-10T21:15:33Z</issued>
	<dc:subject>Relatos</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/08/10/paraiso-fugaz"><![CDATA[<p><p align="right" <i> En memoria de Josephine Irving</p><br />
<p>(Abril 1963- Septiembre 1999) </i></p><br />
</p><br />
<p><img src="img/ollaaltea003.jpg" title="En memoria de Josephine Irving"/></p><br /><br /><p><p align="right"</p><br />
<p>En memoria de Josephine Irving</p><br />
<p>(Abril 1963- Septiembre 1999)</p><br />
</p><br />
<p><p align="justify"</p><br />
<p>	Cuando miramos, por primera vez, desde la terraza de aquel apartamento, situado en un lugar privilegiado de la Olla de Altea, mi primo Juan Pedro, artista innato él, se puso a describir el magnífico panorama que teníamos ante nosotros. Al fondo, el Mediterráneo, azul intenso, dormido, con un pequeño lunar en la comisura de la sonrisa que dibujaba la pequeña bahía: la isla. Un islote pequeño, de color pardo donde las olas la acarician, seca y beige más arriba y verde de matorrales en lo alto. Si volvíamos la vista a la izquierda, la sierra: una cadena montañosa que empezaba más allá de donde nuestra vista podía alcanzar e iba a terminar al mar, como refrescándose los pies que guardaba bajo su falda. Y a nuestra derecha, los bancales de almendros y algarrobos, donde las chicharras parecían querer darnos la bienvenida con su quejido despreocupado.</p><br />
<p>	Yo tenía once años y, la verdad, sólo tomé conciencia de aquel paraíso años después. En aquel momento, lo que a mí me preocupaba, eran temas como la distancia a la playa, si se podrían pastorear palos de polo al movimiento de las olas, o si la piscina que había bajo la barandilla del balcón que ocupábamos, sería lo suficientemente profunda como para saltar desde ese segundo piso.</p><br />
<p>	Era Julio, y por primera vez en mi vida, iba a pasar todo un verano en la playa. El sitio prometía, había bastante que investigar por los bancales y por el monte de detrás; tenía una piscina a mi disposición, y el mar cerca. Sólo faltaba encontrar amigos “enrollados” para sacar provecho de todo ello.</p><br />
<p>	Me pegué a mis hermanas y a mi primo cuando bajamos a la orilla del mar, protegiendo, detrás de ellos, mi enfermiza timidez de las miradas curiosas que siempre provocan los recién llegados y, desde allí, empecé a observar el panorama. La playa era de piedras – primera decepción -; me había prometido a mí mismo pasar las interminables horas de la digestión haciendo castillos de arena, sin protestar ni una vez para que me dejaran bañarme antes de tiempo.. Luego observé a la chiquillería de alrededor: todo chicas. La cosa parecía empeorar.</p><br />
<p>	Pasé un par de horas intentando lanzar pedradas a la boya roja que, ante nosotros, se escondía y volvía a asomar, como incitando al juego. No hice blanco una sola vez. Y, estando en esas, noté cómo una voló por encima de mi cabeza, y fue a impactar de lleno en el flotador de plástico, haciéndole cabecear de un lado a otro. Miré, detrás de mí, para descubrir quién había sido el preciso lanzador. Y allí estaba ella, sonriendo triunfante. Devolví la sonrisa tímidamente, avergonzado a causa de mi mala puntería. Ella se acercó y me preguntó:</p><br />
<p>	-¿Cómo te llamas?</p><br />
<p>	- Pablo -, respondí yo, intentando disimular mi sonrojo.</p><br />
<p>	- Hola, yo soy Josefina.</p><br />
<p>	Era menuda, lo cual, dicho desde el punto de vista de un crío de once años, poco crecido y flacucho, supongo que será lo mismo que decir que ella también era pequeña.</p><br />
<p>	- Tengo once años -, siguió.</p><br />
<p>	- Yo también, ¿En qué mes los cumples?.</p><br />
<p>	- En Abril.</p><br />
<p>	- Pues soy mayor. Yo los cumplo en marzo -, repliqué orgulloso por el éxito. Un mes, cuando apenas se ha vivido ciento cincuenta de ellos, es un periodo inmenso. Luego, la dichosa relatividad, va menguando el tiempo.</p><br />
<p>	- Sí, eres mayor, pero lanzas las piedras fatal ¿A que no sabes hacerlas botar? –. 	Y dicho esto, eligió una plana y la hizo deslizarse sobre el agua, consiguiendo tres o cuatro botes, antes de sumergirse. Yo nunca lo había intentado, pero no era cuestión de quedar como un tonto delante de una chica y, encima, menor. Me agaché, y miré alrededor, intentando emular su sapiencia.</p><br />
<p>	- Tienes que elegirla plana</p><br />
<p>	- Ya, ya...</p><br />
<p>	Después me presentó a sus tres hermanas, a sus primas, y a todas esas chicas que resultó que vivían en el mismo bloque de apartamentos que yo.</p><br />
<p>	- ¿Y no hay ningún chico?</p><br />
<p>	Y es que, lo que a los dieciocho años puede parecer una gran ventaja, a los once era un auténtico inconveniente.</p><br />
<p>	- Algunas veces vienen Paco y Jorge, que viven en Altea.</p><br />
<p>	Bueno, menos daba una piedra...</p><br />
<p>	Pero la inconveniencia no tardó en disolverse entre juegos y baños. Comenzaron las tardes de “partidos quemados”, “pies quietos”, luchas de piscina; las aventuras por entre los almendros próximos, el descubrimiento del algarrobo gordo, con un tronco bajo que permitía que nos encaramáramos con facilidad a unas gruesas ramas sobre las cuales podíamos recostarnos y pasar las horas acariciando grandes sueños infantiles; la mina de cuarzo, donde nos imaginábamos ricos, después de vender los pequeños cristales rojos que extraíamos; la cueva grande, escondite secreto para el equipo de policías y ladrones que Josefina y yo, por ser los mayores, liderábamos. Los cucuruchos con dos bolas de helado después de la misa de los domingos por la tarde; el merendero, con la máquina de bolas, auténtico imán hipnotizador que nos aglutinaba a su alrededor y, por supuesto, la playa, las excursiones a la isla en patines de madera, la zona vedada, justo frente a la palmera del convento, donde se supone que amenazaba, sumergido, un antiguo hierro que, parece ser, cortaba como un demonio. Ahora puedo confesar, sin temor a ser castigado, que intentamos buscarlo alguna vez, con las gafas de bucear, siempre a una distancia prudencial. Nunca lo encontramos, y todavía no sé si aquello era verdad, uno de esos pequeños mitos locales, o un truco de los mayores para alejarnos del lugar.</p><br />
<p>	Aquel verano, que empezó prometiéndose aburrido y eterno, con una playa sin arena, con un bloque lleno de chicas,  pasó como un suspiro, lleno de risas y complicidades de amigos para siempre.</p><br />
<p>	Cuando llegó la hora de volver a Albacete, Josefina y yo nos habíamos hecho inseparables. Se vino a pasar unos días con nosotros. Así, alargamos siete días más la ingente cantidad de diversión que habíamos disfrutado entre la playa y el campo, por otra no menos grande en los días de feria de mi ciudad, una semana de septiembre de júbilo absoluto . Y, casi despidiendo al verano, nos despedimos también nosotros. Aquella despedida no fue un adiós, fue un hasta luego, un nos vemos.</p><br />
<p>	No volví a saber de Josefina hasta hace una semana, que descubrí, por casualidad, una página de Internet en la que se hablaba de su padre. Por un momento sentí aquella emoción infantil, inocente, que todavía me invade cuando pienso en aquellos días. Decidí sumergirme, un poco más, en los buscadores, para encontrarla de nuevo, con la intención de recuperar un contacto perdido casi en el principio de los tiempos (En el principio de nuestro tiempo, al menos). Supuse que estaría bien hablar de lo que habían sido nuestras vidas desde entonces, conocer a nuestras familias, no sé... quizá tenía en mi mente recuperar parte de aquella infantil inocencia que, a veces, tanto se echa de menos. Por fin, después de varios intentos, encontré una página con su nombre. Era su obituario.</p><br />
<p>	Se fue en septiembre de 1999. Una despedida, un septiembre, que debió ser muy distinto de aquel otro en el que disfrutamos  los últimos días de nuestra amistad, cuando nos dijimos hasta la próxima, sin que se nos llegara a pasar por la cabeza que era para siempre, que no habría “una próxima”.</p><br />
<p>	Un buen amigo mío dice que uno no debe volver a los lugares donde se ha sido feliz; pero yo, de vez en cuando, cierro los ojos y regreso a aquel lugar, en aquel tiempo. Me encaramo, durante un rato, al algarrobo gordo; y recuerdo aquellos sueños infantiles, tan distintos de lo que, después, los años, guardan para nosotros en realidad. Nunca he olvidado, ni creo que lo haga ya, aquel verano, seguramente el mejor de todos los que disfruté en el verdadero paraíso que casi todos gozamos una vez en la vida: nuestra niñez.</p><br />
<p>Pablo de Aguilar González. Agosto 2006</p><br />
</p><br />
]]></content>
</entry>
<entry>
	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>¿Por qué escribo?</title>
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	<modified>2006-08-05T10:22:45Z</modified>
	<issued>2006-08-05T10:22:45Z</issued>
	<dc:subject>Artículos</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/08/05/por-que-escribo"><![CDATA[<p> Escribí este texto en Abril de este año. Lo había olvidado por completo y, hoy (caprichos del destino), lo he redescubierto en mi ordenador. Precisamente ahora, cuando la imaginación parece flojear, cuando las dudas vuelven a asaltarme, encuentro esto, escrito hace meses, como si yo mismo, o un yo más maduro, más viejo si queréis, me estuvira dando un consejo.</p><br />
<p>Aquí lo dejo, por si, como a mí, a alguien más puede servir.</p><br /><br /><p><i></p><br />
<p><p align="justify"</p><br />
<p>París, a 17 de febrero de 1903</p><br />
<p>Muy distinguido señor:</p><br />
<p>Hace  pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.</p><br />
<p>Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura.</p><br />
<p>Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos, sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre que le corresponda.</p><br />
<p>Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?" Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.</p><br />
<p>Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá cómo su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida.</p><br />
<p>Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.</p><br />
<p>Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. (Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera.) Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan expresar mis palabras.</p><br />
<p>¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera, esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar.</p><br />
<p>Fue para mí una gran alegría el hallar en su carta el nombre del profesor Horacek. Sigo guardando a este amable sabio una profunda veneración y una gratitud que perdurará por muchos años. Hágame el favor de expresarle estos sentimientos míos. Es prueba de gran bondad el que aún se acuerde de mí, y yo lo sé apreciar.</p><br />
<p>Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.</p><br />
<p>Con todo afecto y simpatía,</p><br />
<p>Rainer Maria Rilke</p><br />
<p></i></p><br />
<p>¿Por qué escribo?</p><br />
<p>He querido encabezar este texto con una larga introducción: La carta que Rainer María Rilke (Poeta  y novelista austro-germánico 1875-1926), escribió a otro poeta en respuesta a una petición de éste para que fueran valorados.</p><br />
<p>Todos tenemos nuestras dudas; y no podré expresar yo, mejor que esa carta, el por qué escribo. En realidad, supongo que cada uno que se ponga frente a un folio en blanco, con una idea en la cabeza, dispuesto a desarrollarla, se habrá hecho la misma pregunta.</p><br />
<p>¿Por qué escribimos? ¿Por vanidad, por conseguir notoriedad, por expresar unos sentimientos, por diversión...? Yo puedo apenas puedo contestar por mí mismo, así que, no pretendo explicar las motivaciones de nadie más.</p><br />
<p>Con una formación eminentemente técnica, muchos se sorprenden de que, a los cuarenta años, un día, decidiera ponerme a contar historias y, algunos me preguntan: ¿Por qué lo hiciste? La contestación a esa pregunta, siendo sencilla, no es fácil de explicar. En realidad fue una necesidad creativa y una inutilidad total para otras artes por las que suele decantarse más gente, como la  pintura. Miré las esculturas de mi hermana y la pintura de mi madre y me dije: "Pablo, tú no sabes hacer eso, pero ellas son felices creando: ¿Qué sabes hacer?" En realidad, lo que mejor se me da, es a lo que me dedico: la informática. No es nada innato, ni un don especial. Son sólo veinte años ,sin pausa, de profesión. Dicen que la informática es una técnica creativa, y en parte, pero sólo en parte, tienen razón. Quizá por eso pude ponerme a escribir, no lo sé.</p><br />
<p>¿Pero la respuesta es así de sencilla? ¿Uno siente una necesidad de crear algo y, como no sabe hacer otra cosa, se pone a juntar letras? Pues creo que sí. Así de simple. Dicen que para escribir sólo hay que tener dos cosas: 1- Tener algo que contar y 2- Querer contarlo. No estoy muy seguro de que esta afirmación sea tajante en mi caso. Si bien es cierto que un poeta, seguramente tenga la necesidad de plasmar en sus versos unos sentimientos, unas imágenes que tiene dentro y no sabría explicar de otro modo; en lo que respecta a mí, no sentía la necesidad de contar la vida de una bombilla o las elucubraciones de mi perro (por poner dos ejemplos concretos). Entonces ¿por qué me puse a ello? Pues también es sencillo: pura evasión. Empecé escribiendo para mí mismo, porque me divertía; porque, durante los instantes en los que inventaba una historia, me sentía bien, me sentía pleno, no necesitaba más mundo que mi monitor y mi teclado y, dentro de estos, existía todo un universo nuevo que yo moldeaba a mi antojo. Esa fue mi gran suerte, escribir para mí. Y por eso fue que, cuando leí la carta de la introducción, me vi a mí mismo, cuando rellené mis primeros folios.</p><br />
<p>Después de varias historias, se me ocurrió publicarlas en internet, con la grata sorpresa de que algunas de ellas gustaron  (La vanidad se iba alimentando ¡Qué peligro...!). Participé en concursos y gané dos premios (Soy vanidoso, tanto como el que más, y seguía creciendo). Conocí más gente que escribía, gente que ha publicado. Unos más conocidos, otros menos, escritores todos. Y comencé a entrar en una espiral de anhelos. ¡Quería mi libro! Dos premios, halagos.... En muy poco tiempo estaba listo para tener mi propia publicación, quería presentarla. Me veía capaz de ello, entonces ¿Por qué no intentarlo?</p><br />
<p>Y en ese punto he estado un tiempo. Pensando en ese escalón que tenía delante de mí. En intentar subirlo o no, con el pie en el aire, dudando de dónde posarlo. Y la vista de ese escalón sólo me ha supuesto desasosiego, la verdad. He conocido, de refilón, el mundo de las editoriales, los agentes, las autoediciones... Y he visto cosas que no me han gustado, otras que sí. Pero llegado el momento, he gastado el tiempo que tenía para escribir ( poco, por cierto), en moverme por esos recovecos. Si no en promocionarme, sí en saber qué había ahí arriba, en ese escalón que me esperaba. Hasta que, por suerte, me he dado cuenta del error. No, no debo subir ese escalón. ¿Renuncias a publicar?, os preguntaréis. La respuesta es no, un no absoluto. No creo que nadie que escriba renuncie a tener en papel su propia imaginación, a sujetarla con sus propias manos, pero renuncio a forzar ese paso, renuncio a moverme entre bambalinas, dejando a un lado el verdadero fin: escribir.</p><br />
<p>Entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿Por qué escribo? ¿Por qué o para qué debemos escribir? Debemos hacerlo, primero, por nosotros mismos, por nuestro bien, por mantener algo que nos saque de la vida a la que la sociedad nos ha conducido. Porque  - como dice mi madre cuando explica el motivo por el cual pinta -, es mucho más barato que el psicoanalista. Sí, sigamos enviando nuestros textos a concursos. Que no nos importe si pensamos que éstos están amañados o no, fomentemos nuestra propia ilusión. Sí, sigamos haciendo saber a las editoriales que nosotros también existimos, a pesar de que nos sean devueltas nuestras obras sin abrir. Pero no escribamos con ese fin. No hagamos nuestras historias tal y como pensamos que les gustarán a los jurados o los editores, sino tal y como nosotros las hemos imaginado, tal y como a nosotros nos gustan. ¡Tal y como a nosotros nos llenan!. Ese es el motivo, no hay más. Y - sigo hablando por mí-, si lo cambiara por pensar en vender unos cientos de libros, estaría traicionando a mis personajes, a mis historias y eso es lo mismo que decir que me estaría traicionando a mí mismo.</p><br />
<p>Sólo me queda decir, a los pocos que lean esto; y de esos, a los que como yo escriban: Seguid escribiendo, seguid contándonos cosas, vuestras cosas. Porque también gracias a eso, seguimos vivos. Y después... que venga lo que tenga que venir, lo que cada uno nos merezcamos.</p><br />
<p>Pablo De Aguilar González.</p><br />
</p><br />
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
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	<title>Mushin</title>
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	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/08/01/mushin"><![CDATA[<p><p align="justify"</p><br />
<p>Cuando Mushin viajaba en la patera años atrás, compartiendo su manta abrazado a una mujer negra embarazada, sólo pensaba en la ilusión que había tenido desde niño, cuando su padre, antes de morir, le llevaba a la tetería de Anwar, en Tetuán,  a ver los encuentros de fútbol que se adivinaban entre la niebla del viejo televisor en blanco y negro, emitidos desde una emisora española.</p><br />
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<br /><br /><p><p align="justify"</p><br />
<p>	Cuando Mushin viajaba en la patera años atrás, compartiendo su manta abrazado a una mujer negra embarazada, sólo pensaba en la ilusión que había tenido desde niño, cuando su padre, antes de morir, le llevaba a la tetería de Anwar, en Tetuán,  a ver los encuentros de fútbol que se adivinaban entre la niebla del viejo televisor en blanco y negro, emitidos desde una emisora española. Ya  entonces, el equipo de sus sueños era el Real Madrid, como el de su padre, como el de tantos otros en su barrio. Recordaba el brillo en los ojos de su padre, y los movimientos nerviosos durante el encuentro, que le hacían sentirse a él también inquieto. Y cuando se quedó huérfano, aún sin tener para pagarlo, Anwar, en recuerdo de su viejo amigo, le seguía sirviendo té,  permitía que viera los partidos en la televisión y observaba cómo cada día se parecía más a aquel hombre con el que había crecido y que la muerte se llevó demasiado pronto, dejando a su familia en la más absoluta de las miserias.</p><br />
<p>	En la adolescencia, Mushin decidió que emigraría a España. Europa, la tierra prometida, donde la abundancia era el cada día de las vidas de sus habitantes. Y sabía que se establecería en Madrid, para cumplir dos de sus anhelos de una vez: Acabar con una vida de miseria, hambre y penurias y estar cerca del equipo de los sueños de su padre y suyos propios. Y, quien sabe, si con suerte, llegar alguna vez a ver un partido dentro del grandioso estadio que tantas veces admiró en la tetería, junto a los dos hombres que más había apreciado en su vida. Prometió a Anwar que le mantendría informado y partió a conquistar una vida mejor.</p><br />
<p>	Pasó frío en la travesía, un frío crudo, terriblemente húmedo, que penetraba por la manta y se instalaba, importuno, en todos los huesos del cuerpo. Ni la ropa que había podido conseguir para el viaje, ni el cuerpo de la tremulante mujer a su vera, conseguían aliviar la incómoda tiritona que ambos padecían. Pero no sintió el miedo que anidaba en las miradas del resto de emigrantes. Nunca pensó que podría sucederles algo. Tenía la mente ocupada con el recuerdo una niñez feliz junto a sus padres ya fallecidos y la ilusión de una vida mejor que esperaba en la otra costa. De manera que, casi sin darse cuenta, se vio arrojado de la pequeña embarcación en mitad de unas olas negras como la misma noche sin luna, y nadando hacia la costa desconocida, donde volvería a conocer tiempos felices.</p><br />
<p>	Al llegar a tierra, entumecidos músculos y huesos por el helor del agua y el viento; extremadamente cansado a causa del frenético esfuerzo invertido en alcanzar la costa arenosa, acertó a echarse entre unos oportunos matorrales, crecidos en las dunas, que lo ocultaron de la vista de los demás, y desde donde pudo observar cómo unos policías envolvían con cobertores a su camarada de manta, y la adentraban en un furgón, junto con algunos compañeros de viaje. Podía adivinar la cara de desesperación en ellos, al ser capturados, sabiendo que muchos serían devueltos a su lugar de origen, acabando así con el sueño y el ahínco que les había embarcado en una incierta travesía, sin importarles el peligro que sus vidas pudieran correr. Casi envidiaba el abrigo que esa gente les estaba dando y las tazas humeantes que agarraban con ambas manos cuando les eran ofrecidas. Pero no desistió, continuó tragándose el frío, tiritando y castañeando los dientes,  hasta que la playa volvió a quedar desierta y se sintió seguro para poder correr en una dirección cualquiera, tanto para entrar en calor, como para llegar a algún lugar seguro.</p><br />
<p>	Después de aquella terrible primera noche, las cosas fueron más fáciles para Mushin. Tuvo la suerte de encontrar una población y cruzarse con algunos de sus compatriotas, que sabían muy bien por lo que acababa de pasar el muchacho. Lo acogieron con la hospitalidad de las buenas gentes de su país. Lo ayudaron a entrar en calor a base de ropa seca y té verde y compartieron lo poco que tenían con él hasta que, unos días después, estuvo listo para partir a continuar su sueño. Por fin se encontraba en España, ahora faltaba ir a Madrid.</p><br />
<p>	Tardó varios meses en llegar a la capital. A base de caminatas y viajes compartidos con otros compatriotas, en furgonetas abarrotadas, que los llevaban a las fincas próximas a recoger el cultivo de la temporada a cambio de una mísera paga y algo de comida. Pero al fin lo consiguió. Gracias a los contactos que había hecho durante el viaje, supo dónde dirigirse para conseguir alojamiento en las ruinas de una vieja fábrica abandonada en las afueras. Era un sitio semiderruido, con varias naves en las que se esparcían viejos colchones mantas y bolsas por los rincones, que apestaba a orines y suciedad, con roedores de gran tamaño campando a sus anchas, y ventanas sin cristales que dejaban pasar el gélido frío de la meseta. En unos días, encontró un trabajo, en las obras de una nueva urbanización de lujo que se construía cerca. Era una suerte, sólo tardaba treinta minutos andando hasta la obra, cuando algunos de los que vivían en las viejas ruinas, se levantaban todavía de noche y andaban durante más de dos horas para llegar al trabajo y, así, ahorrase el precio del billete de autobús; o, lo que era peor: para buscar cualquier faena que les proporcionara algo de comer ese día.</p><br />
<p>	Lo que Mushin hizo nada más cobrar su primera paga, fue comprar un viejo transistor a un negro que se marchaba de la fábrica a una habitación del centro, compartida con otros diez emigrantes. Fue el primer tesoro que tuvo. Nunca antes había poseído nada que no fuera lo necesario para sobrevivir y ese pequeño objeto frío, cuadrado y oscuro, le hacía sentirse como un hombre rico. Su segunda ilusión estaba más cerca. A partir de ese día, podría escuchar todos los partidos del Real Madrid por los amarillentos auriculares de aquel desgastado aparato.</p><br />
<p>	No tardó en encontrar, él también, una habitación compartida en un viejo caserón del centro, apuntalado por andamios. Si algo no le faltaba era iniciativa y ganas de trabajar. Los capataces de las obras confiaban en él, no había estado parado desde que llegó, haciendo de peón, vigilante o lo que fuera necesario para poder pagar el hospedaje y la comida. No tenía a nadie a quien enviar dinero, no necesitaba mucho más. Poco a poco iba consiguiendo una vida más digna. Adquiría ropa casi nueva en centros de caridad, comía tres veces al día, y, los domingos, andaba un buen rato hasta la zona más rica de la ciudad, a las puertas del Bernabeu, con la ilusión en el rostro, y los auriculares de su transistor en los oídos, a escuchar los partidos de fútbol al lado de donde se fraguaba la batalla. Le hubiera gustado entrar alguna vez  y más de una se acercó a las taquillas a informarse del precio, pero, tras rebuscar por todos los recovecos de la ropa y contar lo poco que llevaba, siempre tenía que desistir. Aunque, la suerte que le había acompañado desde aquel día que subió a la patera, le sonreiría de nuevo y un hombre de mediana edad, algo encorvado, que se tapaba el poco pelo canoso con una gorra de visera, uno de los habituales reventas que merodeaban por las inmediaciones de las taquillas en busca de negocio, y que ya conocía a Mushin de verlo por allí, domingo tras domingo, escudriñando sus bolsillos con ilusión desmedida, sin fallar a un solo partido, le regaló una de las entradas sobrantes que no había podido colocar aquella tarde. Nunca habrían sido bastantes los besos que el muchacho propinó en la mano del reventa, para agradecer lo suficiente aquel acto de generosidad; ni alcanzaba la amplitud de su gesto a mostrar una sonrisa acorde con la inmensa felicidad que sentía.</p><br />
<p>	No olvidaría jamás ese año 2003, en el que pudo cumplir su sueño y el de su padre, viendo ganar al  Madrid por tres goles a uno en el año en que conquistó su último campeonato de liga. Y siempre permanecerían los recuerdos de la celebración de aquella victoria, cuando, como un madrileño más, saltaba de alegría junto a miles de aficionados, al lado de la plaza de la Cibeles, coreando los mismos cantos que el resto. Ni se le borraría de la mente aquel nuevo amigo: Gustavo, español, grande, fuerte, de pelo corto, con bufanda y vestimenta del Madrid, que lo abrazaba dando alaridos de alegría e insistiendo, tercamente, en que bebiera de la botella de Dyc que llevaba en una mano al son de una "we are the champions" desafinada casi hasta el sacrilegio.</p><br />
<p>	Las siguientes temporadas, Mushin no dejó de escuchar ni un solo partido en su viejo transistor, a pesar de que su equipo no volvió a dar motivos para ir a la gran plaza a festejar de nuevo. Volvió a ver a aquel reventa muchas veces y, otras tantas, lo agasajaba nada más verlo, era una gratitud sincera, no esperaba de nuevo tal acto de generosidad que, por otra parte, tampoco volvió a producirse. Y no supo nada más de aquel Gustavo junto al que celebró una de las mayores alegrías de su vida, al tiempo que recordaba y añoraba a su padre, pensando en lo que hubiera disfrutado él también allí.</p><br />
<p>	Por fin llegó el encuentro que más disfrutaba cada año. Venía el eterno rival al Bernabeu. A él le gustaba escucharlo desde las puertas del sur del estadio, desde donde podía notar cómo temblaba el suelo bajo sus pies con los saltos y cánticos de ánimo de la afición. Pero, ese día, la derrota fue inapelable, los ánimos de la gente estaban caldeados y se respiraba entre ellos una mezcla de desilusión, tristeza e indignación. Mushin lió, con esmero resignado, el cordón de los auriculares sobre el transistor, lo guardó en el bolsillo de su viejo abrigo, y se dispuso a caminar, cabizbajo en dirección al barrio donde vivía.</p><br />
<p>	Andaba el muchacho entre la gente que, poco a poco, era engullida por las bocas de metro; o subían, apretujados, en los autobuses que luego los repartirían por los cuatro puntos cardinales de la ciudad;  cuando, a sus espaldas, oyó una voz familiar, ronca que gritaba:</p><br />
<p>	- ¡Oye! ¡Mustafá!</p><br />
<p>	Mushín sólo volvió la mirada por curiosidad instintiva, ni siquiera pensaba que se dirigieran a él.</p><br />
<p>	- ¡Sí! ¡Es a ti, moro!</p><br />
<p>	Se dio la vuelta, observó al grupo que lo llamaban despectivamente y, cuando se disponía, prudentemente, a darse la vuelta para evitar así algún posible lío, lo conoció. Reconoció a aquel amigo de aquella noche feliz en la Cibeles. El gorro con la bandera de España le tapaba el pelo corto, pero la botella de Dyc en la mano, lo hacían inconfundible. Mushin mostró una sincera sonrisa, se detuvo, con la mano extendida, esperando a que se acercara para saludarlo cuando llegaran a su altura.</p><br />
<p>	- ¿De qué te ríes, moro mierda? ¡Seguro que eres "catalino"!</p><br />
<p>	Eso fue lo último que pudo oír antes de que la botella se estrellara contra su cabeza y, entre patadas, a punto de perder el conocimiento consiguiera acertar a decir:</p><br />
<p>	- Amigo, Gustavo, amigo....  Campeones... oee....</p><br />
<p>	Ahora Mushin viaja de nuevo a su país. Esta vez la travesía es muy distinta. La hace en ferry y no pasa frío, como a la ida. No podría tener mejores vistas: Las luces que iluminan Europa, la tierra prometida, aquella de la abundancia a un lado; África, Marruecos, la cálida tierra que lo vio nacer al otro; el mar,  arrojando, bravo, espuma blanca contra los costados del barco; y la luna llena en el cielo, dando cierto tono azulado a  la austera caja de pino donde Mushin ya no podrá escuchar el desgastado transistor que aún guarda en el bolsillo de su viejo abrigo...</p><br />
<p>	Pablo De Aguilar González. Diciembre 2005</p><br />
</p><br />
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>Giros de fortuna</title>
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<p>Cuando el crupier encargado de la ruleta cantó: &#8220;19, Rojo, impar&#8221; casi se le podía notar cierta sonrisa en el rostro. Aquel hombre solitario y silencioso, que estuvo acudiendo durante toda la semana, por fin había conseguido ganar una vez</p><br />
</p><br />
<br /><br /><p><p align = "justify"</p><br />
<p>	Cuando el crupier encargado de la ruleta cantó: &#8220;19, Rojo, impar&#8221; casi se le podía notar cierta sonrisa en el rostro. Aquel hombre solitario y silencioso, que estuvo acudiendo durante toda la semana, por fin había conseguido ganar una vez. Siempre apostaba al mismo número, ficha a ficha. El crupier advertía cómo el montón iba descendiendo, poco a poco, a ritmo constante. Sin embargo, aquel Domingo, día diecinueve de Octubre, Carlos entró al casino con mirada decidida, se dirigió directamente la ruleta, sin reparar en ningún otro juego, sin escuchar la música machacona y mecánica de las máquinas tragaperras. Puso la vista en el mágico plato de la suerte, en esa fuente seccionada en pequeños compartimentos rojos y negros, en aquella pequeña bola de madera que daba vueltas y vueltas hasta que, caprichosa, elegía el número que le apetecía. Todo era distinto aquel Domingo: El otoño había, por fin, hecho acto de presencia, la lluvia caía fina pero pertinaz sobre el asfalto del aparcamiento, el aire era denso, húmedo, con olor a tierra mojada y la mirada de Carlos, cuando entró por la puerta, con el pelo pegado al cuero cabelludo, empapado,  las gotas de lluvia pegadas a los hombros de su gabardina beige; era un mero reflejo de el cambio en el clima.</p><br />
<p>	Y, sin embargo, aquel día, ese en el que decidió apostar todas sus fichas al diecinueve, la suerte dejó de ser gris y le miró a la cara por fin; el azaroso movimiento de la bola, tuvo su final en el número elegido por Carlos.</p><br />
<p>	El crupier se sorprendió cuando, tras poner el montón de fichas frente al cliente, éste volvía a empujarlo entero sobre el mismo número. El empleado del casino lanzó una mirada de desaprobación. Lo había visto demasiadas veces, sabía demasiado bien en qué acababa siempre la avariciosa codicia de los jugadores. Pero él no podía hacer nada, volvió a empujar la ruleta, la cual comenzó su monótono giro y tras el &#8220;No va más&#8221;, lanzó la bolita a la órbita de la fortuna.</p><br />
<p>	En pocas ocasiones había visto pasar algo así: Dos veces seguidas el mismo número &#8220;diecinueve, rojo, impar&#8221;.</p><br />
<p>	Carlos recibió otro montón de fichas, multiplicado por treinta y cinco y, de nuevo, lo deslizó con decisión al número diecinueve. Sin una sonrisa, sin un gesto de nerviosismo, sin apartar la mirada del guarismo.</p><br />
<p>	&#8220;Diecinueve, rojo, impar&#8221;, cantó el crupier sin apenas creerlo. Y otra vez idéntica situación: El cliente deslizó todas sus fichas sobre el mismo número sin mostrar un signo de alegría, ni nerviosismo; tan sólo miraba fijamente aquella casilla roja, sin pestañear, sin una mínima mueca; sin prestar atención al corro de gente que lo había ido rodeando y coreaba con algarabía, casi vengativa, cada una de las pequeñas humillaciones a que el casino era sometido. Y sólo cuando hubo apostado diecinueve veces fue cuando parsimoniosamente, rebañó todas y cada una de las fichas con los brazos, sin levantar la vista del tapete verde.</p><br />
<p>	El jugador entró en la habitación del hotel y desparramó todos los billetes sobre la cama. Permaneció de pie, junto a ella, observándolos con gesto inexpresivo. Los rozaba con la punta de los dedos, casi sin quererlos tocar y el pensamiento fluía de neurona a neurona, sin pausa, como un embravecido río de alta montaña:</p><br />
<p>	&#8220;Te lo dije, siempre me llamaste fracasado, te lo dije, te dije que algún día te demostraría que no lo soy, te lo avisé, sabes que te lo avisé, pero no, tú no podías creerme, tú tenías que seguir machacándome con tus insultos, con tus mofas, con todo lo que sabías que me hería. Te lo dije y no me hiciste caso ¿Y ahora, qué dirías ahora? Ahora no dirás nada, lo sé. No, sé que no me vas a felicitar, ni siquiera vas a sonreír, ni les dirás a los niños que soy un buen padre, ni siquiera ellos lo escucharían. No, ahora todo se ha acabado y tú ya no me vas a poder reprochar nada, nunca más&#8221;</p><br />
<p>	Cuando la policía acudió a la llamada de la asistenta de limpieza del hotel, descubrió la escena de un hombre caído de bruces sobre la cama,  con un agujero en la sien, un revolver en el suelo y la cara hundida en una ingente cantidad de billetes empapados en sangre, desparramados por toda la cama. Al ordenar el juez darle la vuelta al cadáver, todos reconocieron la cara del hombre que había sido puesto en busca y captura, siete días antes, como sospechoso principal de la muerte de su mujer y sus dos hijos, tras propinar diecinueve puñaladas a cada uno de ellos .</p><br />
<p>Pablo de Aguilar González. Julio 2006</p><br />
</p><br />
]]></content>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>Machotes</title>
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	<modified>2006-07-12T19:11:46Z</modified>
	<issued>2006-07-12T19:11:46Z</issued>
	<dc:subject>Relatos</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/07/12/machotes"><![CDATA[<p><p align="justify"></p><br />
<p>	- Antonio, acuérdate de que tienes que recoger la cocina ¡Hola, Juan! No te había visto.</p><br />
<p>	- Tío, Antonio, te voy a decir una cosa: Así no vamos a ningún sitio ¡Somos hombres, qué coño! Si ahora le haces caso, ya verás tú lo que te pasa luego</p><br />
</p><br />
<br /><br /><p> <p align="justify"></p><br />
<p>	- Antonio, acuérdate de que tienes que recoger la cocina ¡Hola, Juan! No te había visto.</p><br />
<p><br></p><br />
<p>	- Tío, Antonio, te voy a decir una cosa: Así no vamos a ningún sitio ¡Somos hombres, qué coño! Si ahora le haces caso, ya verás tú lo que te pasa luego ¡Que empiezas por lavar los platos y luego, lo mismo, te hace plancharte las camisas ¡Joder, macho! Eres un poco calzonazos ¿Eh? Y eso no, no te veo yo ahí, en plan maricón, con la plancha en la mano. No me mires así, que es verdad, hombre. Ya verás, ya, ya verás como vengan críos ¡Que te hace cambiarles los pañales, como si lo viera! Tío, ponte en tu sitio, o acabas de amo de casa, yendo a comprar al mercaco, como las marujas. Mira, hay que hacerlas ver quién manda. Sí, como en la Edad Media ¡A cualquiero hora le iba a decir doña Vicenta al Cid que se fregara sus cubiertos ¿Jimena? Bueno, como se llamara, que eso da igual. ¡Esos sí eran buenos tiempos! Y si se le ocurría, que es que no, porque ni se le pasaba por la cabeza, pero lo que te digo, que si se le pasaba, pues se le arrimaba una hostia y punto. Sí, como te lo cuento, Antonio, una buena hostia. Y no se andaban con esas mariconadas de ahora, de los malos tratos y esos rollos, ni la liberación de la mujer. Ni igualdad, ni capullos. Me paso yo la igualdad por el forro de los cojones, tío. ¡Ah! La edad media... Esos sí que eran buenos tiempos... Si excluimos a Isabel la católica, claro, que seguro que el Fernando ese era una nenaza, que te lo digo yo ¿Qué, que eso no era la edad media? ¿Y qué más da, tío? ¡Joder, que pareces un libro de historia! ¡Me la suda! tú entiende lo que quiero decirte, coño, que te tiene sorbido el seso. Sí, si yo reconozco que está muy buena. Entiendeme, no me pongas esa cara, que yo a las mujeres de los amigos las respeto; otra cosa son las de los conocidos, jejeje... Pero oye, en serio, que tu mujer es un bombón, sí, que eso lo ve cualquiera, pero joder, tío, un poco de dignidad. Que hagas lo que hagas con ella en la cama, no justifica que te ponga a fregar, cojones. Además, para qué están las tías, aparte de para los quince minutos de gusto, claro; pues eso, para tenernos bien cuidados, como reyes. Porque eso es lo que somos en nuestras casas, tío: ¡Reyes! Pero, joder, ahora, con eso de que ellas trabajan, y votan, y traen dinero a casa, como que se lo tienen creído, macho. Y te voy a decier algo: Si no dejaran trabajar a las mujeres, no habría paro, ¿sabes? ¿Cuántos millones de parados hay, dos? Pues de ahí quita a las tías y te queda uno nada más. Pues, si las que curran, se fueran a sus casas, que es donde deben estar, ya no quedaría ni uno, como lo oyes, macho. Imagínate lo que se ahorraría en paro. Seguro que hasta nos bajaban los impuestos y ganaríamos más y, al final, tendríamos el mismo dinero. Que esa es otra, colega. Que dicen que trabajan para traer más dinero a casa, pero luego hay que contratar a una chacha, porque no me voy a poner a limpiar yo la casa, faltaría más; y, además, necesitan otro coche, y así, sigue sumando, y resulta que te gastas más pasta de la que ella gana y, encima, los dos vivís peor. Sobre todo ellas, que no sé yo qué manía les ha dado con trabajar, con lo bien que estarían todo el día metiditas en casas, sin hacer nada. Se van a tomarse el café después de la compra, con las otras marujas, y hala, a esclafarse en el sofá a ver la telenovela mientras nosotros nos sacamos los cuernos para que vivan como reinas. Y esa es otra, los cuernos, macho. Que algunos llegan a casa y los tienen bien puestos, si yo te contara... Y luego les dicen que están cansadas de estar currando todo el día con las cosas de la casa ¡Me sé yo esa! Bueno, tío, como te digo, que tienes que hacer ver quien es el hombre; que desde que ellas llevan pantalones, ya no están las cosas tan claras. Y lo que te decía, que luego pare, se tira cuatro meses de vacaciones, y capaz es de hacer que te levantes por las noches si llora. En serio te lo digo, hazme caso o verás tú lo que te pasa. Toma ejemplo de tu amigo Juan, hombre, que para eso estamos los amigos, para apoyarnos. Tenemos que defendernos entre nosotros, tío, que la sociedad está muy puta y esto ya no es lo que era. Vamos, si me dice a mí eso de la cocina en ese tonito... ¡No sé lo que hago!</p><br />
<p><br></p><br />
<p>	- Juan, tu mujer al teléfono.</p><br />
<p><br></p><br />
<p>	- Dime, sí..., sí...., ¿La hora? No sé ¿Ya, tan tarde? ¿Han llegado del colegio? Ni cuenta me había dado, estaba aquí, charlando con Antonio y... Sí, mujer, sí, que voy. Sí, la merienda... si ya la he dejado casi preparada, no te pongas así. Que sí, que salgo para allá, venga, que voy...</p><br />
<p>	- Tío, Antonio, no me acabo esta birra, ¿vale? Otro día nos tomamos otro par en mi casa. O.... mejor... Nos vamos a un bar, que yo pago. Venga, macho, nos vemos.</p><br />
<br />
<br />
<b></p><br />
<p><p align="right"> Pablo de Aguilar González. Julio 2006</p><br />
<p></b></p></p><br />
<br />
<br />
]]></content>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>Esperanzas difusas</title>
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	<modified>2006-07-08T08:31:56Z</modified>
	<issued>2006-07-08T08:31:56Z</issued>
	<dc:subject>Relatos</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/07/08/esperanzas-difusas"><![CDATA[<p>	- Hola, hace dos días que no te veía</p><br />
<p>	- Hola, he estado enfermo, yo también te he echado de menos</p><br />
<p>	- ¿Qué te ha pasado?</p><br />
<p>	- Nada grave, una gripe que me ha tenido toda la semana en cama</p><br />
<p>	- Menos mal,  pensé que te habías echado atrás</p><br />
<p>	- ¿Echarme atrás?</p><br />
<br />
<br /><br /><p><p align="justify"></p><br />
<p>	- Hola, hace dos días que no te veía</p><br />
<p>	- Hola, he estado enfermo, yo también te he echado de menos</p><br />
<p>	- ¿Qué te ha pasado?</p><br />
<p>	- Nada grave, una gripe que me ha tenido toda la semana en cama</p><br />
<p>	- Menos mal,  pensé que te habías echado atrás</p><br />
<p>	- ¿Echarme atrás?</p><br />
<p>	- ¿Ves? Ni te acuerdas de nuestra cita.</p><br />
<p>	- ¡Ah, mujer! ¡Como se me iba a olvidar! Claro que me acuerdo. Es la semana que viene.</p><br />
<p>	- ¿Entonces vas a venir?</p><br />
<p>	- Claro. Solo una cosa: ¿Cómo sabré que eres tú?</p><br />
<p>	- Es verdad, deberíamos llevar una señal. ¿Qué te parece si yo me pongo un pañuelo azul al cuello al llegar y tú te acercas?</p><br />
<p>	- No me parece mal. Quedamos así</p><br />
<p>	- Vale, ahora tengo que cortar, tengo la casa manga por hombro.</p><br />
<p>	- Vale, nos vemos la semana que viene entonces.</p><br />
<p>	- Sí, lo estoy deseando</p><br />
<p>	- Y yo.</p><br />
<p>	- Hasta luego. Cierro.</p><br />
<p>	- Adiós.</p><br />
<p>	Cuando Marta pincha sobre el botón &#8220;apagar&#8221; de su ordenador, todavía mantiene una esperanzada sonrisa en el gesto. Lleva meses esperando la ocasión de conocer a su amigo cibernético. Tantas horas de conversación, la han convencido de que ese hombre es casi perfecto. Está segura de que es hasta guapo. Se alegra del acuerdo al que llegaron para no enviarse fotografías. Ella sabe que no es una belleza al uso, pero que su personalidad lo compensa con creces. Sólo queda una semana...</p><br />
<p>	Alberto cierra el ordenador y se levanta de la silla, acude a la cocina a ver si queda algo para cenar. El frigorífico tan solo enfría una botella de agua y un tomate medio podrido. Busca en el armario de las latas, tiene suerte, encuentra una de sardinillas en aceite que, junto con el trozo de pan que sobró el día anterior, le sirven para no irse a dormir con el estomago vacío. Piensa en la cita con Marta, y que está bien que por fin vaya a romper, al menos por una noche, la soledad a la que está acostumbrado. Sí, sabe que él tiene que vivir solo, no podría hacerlo de otro modo, pero, como a todos, le gusta la compañía de una mujer de vez en cuando, y no es fácil ligar. Y menos con su aspecto. Se congratula por la suerte que tuvo cuando ella admitió la idea que él le propuso de no enviar fotos y así mantener el misterio. Y  es que, a pesar de vivir solo, sabe como tratar a una mujer.</p><br />
<p>	La semana pasa rápido, llega el viernes de la cita, Marta y Alberto han quedado en una cafetería del centro, a las nueve de la noche. Ella se ha comprado un vestido nuevo, se maquilla con todo el arte que su rostro irregular le permite, se perfuma el cuello y, con un poco de coquetería, dedicándole una sonrisa picarona al espejo, arroja unas gotitas de perfume en el escote. Ilusionada, se dispone a salir de casa. Por fin va a conocer al hombre de sus sueños; si la cara es el espejo del alma, éste debe tener cara de ángel.</p><br />
<p>	Alberto se peina el poco pelo parduzco hacia atrás, ayudado por la brillantina. Se ha afeitado minuciosamente, dándose dos pasadas por si acaso. No quiere que, llegado el momento estelar, éste se venga abajo por tener la cara rasposa. Usa la colonia que su madre le regala todas las navidades, la extiende con las palmas de las manos desde las sienes hacia atrás, después, con gesto seguro, guiña un ojo al espejo y dirigiendo la vista hacia la entrepierna del reflejo, le dice: &#8220;¡Hoy triunfas!&#8221;.</p><br />
<p>	Marta llega al bar a las ocho y media. Ha planeado estar sentada en la cafetería cuando él llegue. Le gusta la idea de mirar hacia la puerta y jugar a adivinar quién será su &#8220;GalanDeNoche&#8221;. Ella no puede pensar en él con otro nombre, se ha acostumbrado al  que usa en la red desde que lo conoció y, aunque sabe que se llama Alberto, no le sale de dentro nombrarle así. Escoge la mejor mesa, la que queda justo enfrente de la entrada, aunque al fondo de la cafetería, para que, quien entre, no sea a ella lo primero que vea. De esa forma,  podrá ser mucho más disimulada.</p><br />
<p>	Ese rincón, esa esquina, tan solitaria como cualquier otra en la ciudad, se convierte en el rincón de la esperanza, en la esquina donde, por fin, la soledad torcerá a la derecha, para convertirse en pareja, en compañía, en ilusiones compartidas. Ya sólo queda un cuarto de hora, para que dos caminos confluyan y, ambos, dejen sus solitarios recorridos y emprendan uno nuevo juntos. Sí, todo va a ser perfecto en compañía.</p><br />
<p>	Alberto toma un taxi. No son la ocasión, ni el traje, ni la colonia, apropiados para viajar en metro. Decide hacer un extra, el primero de los que hará esa noche. Y no sólo piensa en cena y copas, no... El verdadero extra vendrá después, en el hotel. Casi se excita pensando en la habitación que ha reservado por la mañana. Esa noche va a ser &#8220;su noche&#8221;, no tendrá que dedicarse a &#8220;buitrear&#8221; con los amigos en los pubs donde suelen acudir. Hoy el plan está asegurado: Con una buena cena, vino, un par de copas y esas palabras que gastan en sus conversaciones cibernéticas, tendrá a &#8220;SolitariaSu&#8221; en la cama antes de la media noche.</p><br />
<p>	Cuando el taxista le pide el importe, Alberto mira el reloj. Las nueve menos diez. Bien, aún tendrá unos minutos para tomar posiciones en el bar.</p><br />
<p>	Marta lleva veinte minutos esperando. Se recrea en su ejercicio de observar a cada hombre que aparece. Conforme entran, los va descartando por altos, por bajos, por gordos, por feos, por demasiado guapos... Tiene el pañuelo azul sobre la mesa, aguardando al momento en que &#8220;GalanDeNoche&#8221; entre por la puerta. Será inconfundible. Cada vez que ve movimiento en la entrada, la mano se posa instintivamente sobre el pañuelo, para no demorarse demasiado en indicar que es ella quien lo está esperando, su &#8220;SolitariaSu&#8221;, su &#8220;Ex-SolitariaSu&#8221;.</p><br />
<p>	Alberto entra en la cafetería. Está a mitad de su aforo, más o menos. Observa a un lado y a otro para buscar una buena posición y escoge un sitio en una curva de la barra, desde donde se divisa la cafetería hacia el fondo y deja la puerta a uno de sus costados. Mira el reloj: cinco minutos.</p><br />
<p>	Marta mira la hora, sólo quedan cinco minutos. Había pensado que él llegaría antes de tiempo, que la impaciencia no le permitiría retrasarse, ni siquiera ser puntual. Pero no quiere decepcionarse todavía, en cinco minutos, todo habrá empezado.</p><br />
<p>	Las nueve en punto. Alberto dirige la mirada hacia la puerta, esperando verla entrar, con su pañuelo azul a la cabeza, como una diosa que viene a devorar a su siervo. Piensa que hay que darle unos minutos, ya se sabe de la puntualidad femenina.</p><br />
<p>	Las nueve y cuarto... &#8220;Se retrasa&#8221;. Marta no lo puede creer. &#8220;Quizá le haya ocurrido algo&#8221;. Siente no haber accedido a darle su número de móvil</p><br />
<p>	Las nueve y veinte. Aún siendo mujer, ya es demasiado retraso. Alberto empieza a impacientarse.</p><br />
<p>	Nueve y veinticinco. &#8220;¿Se habrá arrepentido?&#8221;, Marta desprende nerviosismo por todos sus poros.</p><br />
<p>	Nueve y media. &#8220;O no ha venido o lo que es peor... es aquel "cardo" del fondo. No... si va a ser ella... tiene un pañuelo azul sobre la mesa&#8221;.</p><br />
<p>	Nueve y media. &#8220;O se ha arrepentido o lo que es peor... es aquella cosa sebosa y calva de la esquina de la barra... Ha mirado hacia acá ya dos veces&#8221;.</p><br />
<p>	&#8220;Disimula Albertito, disimula... si se da cuenta de que eres tú al que está esperando, la hemos liado. Mejor que se piense que la has plantado&#8221; Alberto mira hacia abajo, fijando la vista en los posos que el café ha dejado en la taza blanca.</p><br />
<p>	Marta, vuelve a remover el té, que ya debe estar más frío que el ánimo de conocer a Alberto. Tiene el dilema ante sí: O continuar con la soledad que daba por terminada, o conformarse con ese tío de aspecto pringoso. Es cierto que no esperaba a un hombre fuera de lo común, pero es que, al final, eso es lo que ha acudido, uno fuera de lo común, repulsivamente fuera de lo común. Posa las puntas de los dedos sobre el pañuelo, parece que duda entre ponérselo o no, pero no existe tal duda, el titubeo se debe a que no quiere llamar la atención con un gesto brusco. Poco a poco, despacio, tirando del trozo de tela por un extremo, lo va introduciendo en el bolso disimuladamente.</p><br />
<p>	Alberto mira de reojo. Se da cuenta de que el pañuelo ya no está sobre la mesa y  ve un trozo de tela azul, asomar por una esquina del bolso que la mujer tiene al lado. Mira de nuevo la hora. Las diez menos cuarto. Está tentado de irse, pero le asusta el hecho de moverse y que ella se fije en él y lo reconozca por cualquier tontería. No le gustaría que ella le preguntara. Sería embarazoso tener que explicar por qué lleva ahí tres cuartos de hora con un café y ni siquiera se ha fijado en el pañuelo que ha tenido sobre la mesa todo el rato. No, prefiere que piense que no ha acudido. Pero, por otro lado, va a llegar un momento en el que, si sigue ahí mucho rato, quizá ella repare en que es él, que lleva todo ese tiempo esperando a que se ponga el pañuelo, o que su timidez le ha impedido romper el hielo. Quizá sea más conveniente marcharse.</p><br />
<p>	Marta piensa en el mejor modo de salir de ese embrollo con algo de dignidad. Lo mejor será que él piense que ella le ha dado plantón. Pero el pobre tiene paciencia, lleva casi una hora esperando y ahí sigue. Si no fuera tan repulsivo, es cierto que sería un ángel. No sabe cuánto tiempo va a aguantar esperando, quizá lo mejor sería irse disimuladamente, sin llamar demasiado la atención. Además, ya es raro que lleve ahí sentada más de una hora y ni siquiera haya terminado el té.</p><br />
<p>	Alberto ya no levanta la vista hacia el fondo de la cafetería, espera no ser reconocido. Como no queriendo ni hacer ruido, sin llamar la atención, paga el café al camarero y se da la vuelta en dirección a la salida.</p><br />
<p>	Marta se pone en pie disimuladamente, la mirada clavada en el suelo, no quiere levantarla, no vaya a ser que repare en ella y le pregunte. Siempre puede mentirle, eso sí, pero quizás lo delatarían sus ojos y el rubor de la cara. Se dirige a la salida, con la vista hundida en el pavimento.</p><br />
<p>	Alberto va a abrir la puerta cuando siente un empujón por detrás. Alguien ha tropezado con él. &#8220;Qué mala suerte&#8221;, piensa, seguro que el incidente ha captado su atención.</p><br />
<p>	Marta siente que ha tropezado con alguien, casi no quiere levantar los ojos, seguro que él se ha dado cuenta del incidente y ahora está mirando. Con una voz apenas audible, acierta a pedir perdón al atropellado.</p><br />
<p>	Alberto oye una voz de mujer que se disculpa. Sólo se atreve a aceptar las excusas con un rápido: &#8220;No es nada&#8221;.</p><br />
<p>	En ese momento ambos levantan la vista, se miran, no dura más allá de dos segundos. Ella sonríe como disculpándose de nuevo, él hace lo mismo, como reiterando que no importa. Alberto abre la puerta y cede el paso, Marta mira hacia otro lado y se dispone a salir.</p><br />
<p>	Una vez en la calle, Marta tuerce hacia la derecha y, poco a poco, va acelerando el paso.</p><br />
<p>	Alberto, al salir, ve que Marta ha tomado la misma dirección que él tiene que tomar,  decide irse hacia la izquierda, acelerando el paso poco a poco.</p><br />
<p>	Casi al mismo tiempo, ambos llegan a la primera esquina y los dos tuercen para dejar la calle de la cafetería. Entonces, instintivamente, miran hacia atrás. Lo han conseguido, se han librado por fin.</p><br />
<p>	Marta aminora la marcha, mira al cielo, que ya refleja las luces anaranjadas de la ciudad, y se siente libre. No está triste, ni decepcionada. Más vale sola que mal acompañada, piensa: &#8220;No estoy tan mal, hago lo que quiero y cuando quiero, y no tengo que soportar el olor a pies de un seboso a mi lado. No me hace falta más. Jamás volverá a ocurrirme algo así&#8221;.</p><br />
<p>	Alberto entra en la boca de metro. Ya no merece la pena tomar otro taxi. Vuelve a casa con la esperanza de llegar a tiempo de llamar a alguno de sus colegas e irse de pubs con él. De menudo marrón se ha librado, es preferible no tener una cita a tenerla con semejante espécimen. Se jura no volver a ligar por Internet.</p><br />
<p>	Han transcurrido cuatro meses. Es fin de semana de verano, sus amigas están de vacaciones o pasando unos días en la playa con las familias. La soledad vuelve a asomarse por el quicio de la puerta, entra sin llamar y se instala en la parte más cómoda del interior de Marta. Ella siente de nuevo el ahogo que le provoca, vuelve a pensar con envidia en sus amigas casadas, con familias. Decide romper la promesa que se hizo a sí misma.</p><br />
<p>-	Hola, soy SoledadReincidente.</p><br />
<p>-	Hola, aquí DonQuijoteDeLaNoche. ¿Te importaría hablar conmigo?</p><br />
<p>-	Claro que no, Quijote</p><br />
<p>	Alberto lleva cuatro meses intentándolo como lo intentan sus otros colegas, pero no consigue entablar relación con mujer alguna. Si alguna vez ha llegado a conocer a una, ha sido en charlas en grupo, junto a los demás, nunca a solas. Y cuando se ha hecho la hora de recogerse, siempre le ha tocado volver solo. Ellas escogen.</p><br />
<p>	Sabe que se había prometido no volver a intentarlo así, pero lleva años sin probar mujer y hay veces que el instinto es más fuerte que la dignidad. Al menos, en el anonimato de la red, evita el primer rechazo, consigue hablar con ellas y demostrarles que él también tiene cosas que merecen la pena ser descubiertas...</p><br />
<p>-	¿De donde eres Soledad?</p><br />
<p>-	De Madrid ¿Y tú?</p><br />
<p>-	Mira qué cosas, yo también</p><br />
<p>-	Vaya, una grata coincidencia.</p><br />
<p>-	Sí, quizá podamos conocernos algún día...</p><br />
<p>-	No te digo que no, pero cuando sepamos más el uno del otro.</p><br />
<p>-	No me irás a pedir que te mande una fotografía...</p><br />
<p>-	No, si no me la pides tú.</p><br />
<p>-	Porque no tengo ninguna, sé que parece increíble, pero no guardo ninguna fotografía en el ordenador.</p><br />
<p>-	Te creo, te creo. Yo tampoco lo hago....</p><br />
<p>Pablo de Aguilar González. Junio 2006</p><br />
</p><br />
]]></content>
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	<author>
		<name>Pablo de Aguilar González</name>
	</author>
	<title>Disparo de nieve</title>
	<link rel="alternate" type="text/html" href="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/07/03/disparo-de-nieve" />
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	<modified>2006-07-03T21:16:01Z</modified>
	<issued>2006-07-03T21:16:01Z</issued>
	<dc:subject>Relatos</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://echandolecuento.bitacoras.com/archivos/2006/07/03/disparo-de-nieve"><![CDATA[<p><center> Ojalá se te acabe la mirada constante,</p><br />
<p>la palabra precisa, la sonrisa perfecta.</p><br />
<p>Ojalá pase algo que te borre de pronto,</p><br />
<p>una luz cegadora, un disparo de nieve.</p><br />
<p>Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,</p><br />
<p>para no verte tanto, para no verte siempre</p><br />
<p>En todos los segundos, en todas las visiones.</p><br />
<p>Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.</p><br />
<p>(Silvio Rodríguez)</p><br />
<p> </center></p><br />
<p>Era ese tipo de mujer que uno siempre creyó inexistente. De las que sólo sacan para exhibir en revistas y programas de televisión. Siempre había creído que eran mujeres hinchables, de goma, de mentiras, de quita y pon para un decorado.</p><br />
<br />
<br /><br /><p><center> Ojalá se te acabe la mirada constante,</p><br />
<p>la palabra precisa, la sonrisa perfecta.</p><br />
<p>Ojalá pase algo que te borre de pronto,</p><br />
<p>una luz cegadora, un disparo de nieve.</p><br />
<p>Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,</p><br />
<p>para no verte tanto, para no verte siempre</p><br />
<p>En todos los segundos, en todas las visiones.</p><br />
<p>Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.</p><br />
<p>(Silvio Rodríguez)</p><br />
<p> </center></p><br />
<p><p align="justify"</p><br />
<p>Era ese tipo de mujer que uno siempre creyó inexistente. De las que sólo sacan para exhibir en revistas y programas de televisión. Siempre había creído que eran mujeres hinchables, de goma, de mentiras, de quita y pon para un decorado. Pero aquel dieciocho de marzo, celebrando el santo de mi amigo José, pude comprobar que no era así. Cuando entró por la puerta, apenas podíamos creerlo. Silvia no habría podido traer mejor regalo.</p><br />
<p> 	La trajo a ella, Blanca, como la luz que irradiaba. Al verla, me di cuenta de lo erróneo de mi teoría.  "Es tonta", me dije, "Seguro que es tonta". Pero, llevado por mis naturales inclinaciones masculinas, me acerqué a ella (como todos). Silvia nos la fue presentando uno por uno, era su prima, pasaba unos días en su casa. "Es tonta" me repetía, "ha de serlo", me insistí a mí mismo. Después de las típicas convenciones, la fiesta continuó, con todos atentos a ella de una u otra forma. Algunos descaradamente, otros con el rabillo del ojo para que las  novias  no lo notaran (que sí lo hacían).</p><br />
<p> 	Tenía la suerte  de vivir al lado de Silvia, así que, cuando llegó la hora de irse a casa, las acompañé a ambas hasta el portal. Y en ese rato se desmoronó mi otra teoría: no era tonta. Estudiaba exactas en Madrid, leía a los clásicos y tocaba el piano. La charla hasta casa fue de lo más interesante, entre el concepto que ella tenía de las Novelas Ejemplares y la discusión sobre una de las paradojas de Zenón, según la cual nunca podríamos llegar a casa. "Ojalá", pensaba yo. Pero el tal Zenón no estaba en lo cierto, para mi desgracia. Llegamos, vaya que si llegamos. Mucho antes de lo que a mí me hubiera gustado. Nos paramos en el portal, ellas se dispusieron a entrar. Blanca, entornó esos enormes ojos pardos, sonriendo y me dijo lo mucho que le había gustado hablar conmigo. "Eres muy interesante, espero que nos veamos más". Me quedé pasmado, con la boca abierta, mirando a la puerta de la escalera ya cerrada y aún viéndola sonreír. Aquella noche no dormí y no fue por culpa del desmoronamiento de mis teorías, créanme.</p><br />
<p> 	Volví a verla al día siguiente, y al otro y, ya, todos mientras estuvo con Silvia. Nuestras conversaciones siempre fluían entre su intelectualidad y mi banalidad. Después de una semana yo estaba perdido, no tenía solución. Estaba loco por ella.</p><br />
<p>Me atreví a pedirle salir juntos. "¿Salimos juntos?", le espeté de repente. Abrió su mirada de par en par, sonrió con blancura casi impertinente. "¿No estamos saliendo todos los días desde que estoy aquí?, me respondió socarrona (por si le faltaba algo, sentido del humor). Me sonrojé y bajé la mirada y, por decir cualquier cosa que no pareciera estúpida y enfriar un poco la situación, se me ocurrió preguntar: "¿Crees que la matemática puede reducirse a la lógica?". Ella, me miró dulcemente, me cogió una mano, me dijo: "Verás..." y comenzó a hacerme una disertación sobre la tesis central del logicismo y la distinción de Leibniz entre las verdades de la razón y las verdades de hecho. Aún me asombro de recordar estas palabras, pero cómo podría olvidarlas. Habría recordado el nombre de las estrellas de toda la galaxia, si me las hubiera relatado antes de besarme como lo hizo cuando notó mi mirada clavada en ella, indiferente a todas sus explicaciones. "¿Eso es un sí?". "Es un vamos a ver qué pasa, como sabes: todo es relativo".</p><br />
<p>	Y tan relativo...</p><br />
<p>	Así estuvimos durante un mes, en el que mi cultura crecía sólo un pasito por detrás de mi pasión. Por las noches, al ir a casa, me pellizcaba para comprobar que, en efecto, no era un sueño. "¿Qué son esos moratones?", me preguntaba por la mañana. "Nada. Demostraciones empíricas", respondía yo intentando disimular. Y continuábamos paseando de la mano por los jardines del rey, donde ella gustaba de observar plantas y aves y yo disfrutaba observándola a ella. Hasta que un día me miró seria y me dijo sin más "Mañana me voy". Le clavé la mirada. "¿Mañana, tan pronto?". "Se acabó el mes de pensión en casa de mis tíos". Pegué una patada a una piedra, estaba enfadado porque no me lo hubiera dicho antes pero, ¿qué hubiera cambiado?. Ella sabía que fue mejor no decirlo, que yo no hubiera podido disfrutar, contando los días que faltaban para la marcha. Pensé en decir algo inteligente, pero nada me venía a la cabeza, tan sólo: "Me gustaría hacerte el amor". Se asombró, se separó y paseó cabizbaja unos pasos delante de mí. Yo me mordía la lengua, no creía haber sido capaz de haber dicho eso. Hubiera estampado mi cabeza contra un árbol de haber estado solo. Al rato, se dio la vuelta, volvió a sonreírme, me cogió una mano y me dijo: "Ven". Me llevó a un rincón del jardín que ni siquiera yo conocía, entre árboles y arbustos, se sentó sobre la hierba y me invitó a sentarme con ella. Me besó como no lo había hecho antes, la besé como siempre había deseado. Allí mismo nos amamos.</p><br />
<p> 	"¿Me llamarás?", pregunté cuando ella subía al tren. "La probabilidad de que lo haga es grande", sonrió ella. "A la mierda la teoría de probabilidades, quiero seguridad", supliqué. "Ya sabes, todo es relativo", contestó antes de cerrar la puerta del vagón. La observé mientras el tren se marchaba y ella me despedía con la mano y una sonrisa melancólica.</p><br />
<p> 	Como todo es relativo, pienso que sí lo hizo, que me llamó, probablemente cuando no había nadie en casa. El caso es que, después de unos meses, me enteré de que Silvia iba a una boda. Pregunté quién se casaba. "Blanca, con su novio de siempre. Ya era hora". Sus palabras, se me debieron clavar tan hondo, que  ella se asustó al ver que me ponía morado y caía al suelo.</p><br />
<p> 	Ahora, después de tantos años, todavía se ríe Silvia de aquél sofocón que me dio, por el calor, según ella. "¡Parecería que se hubiera desmayado cuando le dije que la prima Blanca se casaba!". Y nuestros hijos, con la socarronería que deben haber sacado de cierta parte de la familia de su madre, contestan. "¡Menos mal que tu prima Blanca encontró trabajo en la universidad de Columbus y ahora la tiene bien lejos!".</p><br />
<p> 	"Je, je je... " respondo yo siempre a esa broma, ya tan desgastada. Y bajo la mirada y   desde el suelo, una sonrisa blanquísima, echada sobre hierba verde y fresca, escondida entre arbustos, me dispara directo a los ojos.</p><br />
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<p>Pablo de Aguilar González. Agosto 2005</p><br />
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